BÉLGICA Y LUXEMBURGO: ENTRE CUENTOS, CURIOSIDADES Y LEYENDAS
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| Carolina con la escultura de Nello y Patrasche conocida como al Perro de Flandes. Amberes. Bélgica. Foto tomada por Carlos Llorente Peláez. |
(Aunque este artículo habla de viajes, más que de viaje, es un artículo de leyendas e incluye, al final, el cuento Un perro de Flandes).
Del 7 al 12 de mayo de 2026, mi marido Carlos y yo hicimos una escapada a Europa (Bélgica y Luxemburgo).
Carlos no había estado en ninguno de los dos países; yo estuve cuatro días en Bélgica hace más de veinte años. El viaje fue en agosto y coincidió con la bella tradición de “La alfombra de flores de la Grand Place en Bruselas”.
En mi primera vez a Bélgica -oficialmente Reino de Bélgica-, estuve en Bruselas y en Brujas, y entré en el Atomium y en Mini-Europe (sito en Bruparck).
Atomium: Exposicion Universal de 1958
El Atomium es un monumento moderno y el principal símbolo de Bruselas y de Bélgica. Representa un cristal de hierro ampliado 165.000 millones de veces. Mide 102 metros de altura y está formado por nueve esferas de acero inoxidable de 18 metros de diámetro que se conectan por tubos con escaleras mecánicas.
El Atomium fue diseñado por el ingeniero belga André Waterkeyn, como pieza central de la Exposición Universal de 1958 (Expo 58).
Aunque la estructura de la obra y la ingeniería general fue diseñada por André Waterkeyn, los hermanos y arquitectos suizos André y Jean Polak también colaboraron en el diseño y construcción del interior y estructura del Atomium.
El monumento se encuentra en el barrio de Heysel (Heizel en neerlandés), del distrito de Laeken, al norte de Bruselas.
Bélgica es un estado federal formado por seis entidades federales principales, que se dividen en 3 Comunidades y 3 Regiones. Y el Gobierno Federal.
Las tres Comunidades (según la lengua) son:
-Comunidad Flamenca (neerlandófona).
-Comunidad Francesa.
-Comunidad Germanófona.
Las tres Regiones (territorialmente hablando) son:
-Región Flamenca (Flandes).
-Región Valona o Valoria (Francia).
-Región de Bruselas-Capital. La Región de Bruselas-Capital tienen 19 municipios o comunas.
Bélgica, también, se divide en 10 provincias:
-5 en Flandes: Amberes (Antwerpen), Limburgo (Limburg), Flandes Oriental (Oost-Vlaanderen), Flandes Occidental (West-Vlaanderen) y Brabante Flamenco (Vlaams-Brabat).
Tercera región autónoma: la ciudad de Bruselas es la capital de Flandes, pero no pertenece a ninguna de las cinco provincias.
-5 en Valoria: Henao (Hainaut), Lieja (Liège), Luxemburgo (Luxemburg), Namur (Namur) y Brabante Valón (Walloon Brabant). Namur es la capital de la región de Valoria. -Lenguas oficiales: Neerlandés (variedad flamenca, ~60 por ciento), francés (~39 por ciento) y alemán ( <1 por ciento) distribuidos geográficamente. En el norte (Flandes) se habla neerlandés, en el sur (Valoria) francés, y en este alemán.
Bruselas es oficialmente bilingüe (francés/neerlandés).
Luxemburgo, cuyo nombre oficial es Gran Ducado de Luxemburgo, es uno de los países más pequeños de Europa (y del mundo).
Luxemburgo proviene del término germánico-celta Lucilinburhuc, que literalmente se traduce como “Pequeño Castillo” o “Pequeña Fortaleza”: Lucilin significa pequeño y burhuc (o burg) significa castillo o fortaleza.
En el siglo X (año 963), Sigfrido I de las Ardenas adquirió, mediante un intercambio de tierras con la abadía de San Maximino de Tréveris, un castillo romano en un promontorio rocoso conocido como Lucilinburhuc (pequeño castillo), sito en el valle del Alzette. Este hecho marca el origen de la ciudad y el estado de Lützelburg, que finalmente se llamó Luxemburgo.
Luxemburgo es famoso por su herencia medieval. Cuenta con unos setenta castillos, consolidando su imagen de “Tierra de Castillos”.
Luxemburgo es famoso por su herencia medieval. Cuenta con unos setenta castillos, consolidando su imagen de “Tierra de Castillos”.
-Lenguas oficiales:
Luxemburgués (lengua nacional), francés y alemán.
Tras la breve información, hablemos de las distintas ciudades que visitamos y sus leyendas y/o cuentos.
Manneken Pis (Niño Meon) es una estatuilla de bronce que representa a un niño desnudo meando en la pila de una fuente. Se encuentra en el centro histórico, próxima al Ayuntamiento en la Grand Place -esquina de Rue de l'Étuve (Stoofstraat) y Rue du Chêne (Eikstraat)-, exactamente en Rue de l'Étuve, 31. Y es una de las calles más transitadas de Bruselas.
La pequeña estatua mide unos 50 centímetros. Y a pesar de ser tan pequeña, es una gran atracción turística en Bruselas.
La estatuilla fue diseñada por un escultor de Brabante llamado Jérôme Duquesnoy (padre) en 1619. Manneken Pis fue un encargo de los recaudadores de Bruselas, hacia su célebre ciudadano.
La estatuilla original fue robada y vandalizada en numerosas ocasiones en la década de los 60; pero fue recuperada.
Actualmente, el Manneken Pis original (1619) está protegido dentro del Museo de la Ciudad de Bruselas (Musée de la Ville de Bruxelles) en la Grand Place.
GardeRobe MannekenPis
GardeRobe MannekenPis
A pesar de ser tan pequeño, el Manneken Pis tiene un gran armario que cuenta con un millar de trajes, regalo de asociaciones culturales, particulares, peñas futbolísticas, etc.
Los trajes y/o vestidos se encuentran en GardeRobe MannekenPis (Museo de trajes de todas partes del mundo, diseñados para la famosa estatuilla).
El primer traje que tuvo el Manneken Pis fue una sencilla túnica, obsequió del gobernador de los Países Bajos españoles, Maximiliano II Emanuel de Baviera en 1698.
El más antiguo que se conserva es un traje lujoso brocado de oro con la Cruz de San Luis, obsequio del rey Luis XV de Francia en 1714. Fue un gesto de desagravio, ya que sus soldados habían robado la estatuilla durante la ocupación francesa en la Guerra de Sucesión Austríaca.
Julien, el hombrecito orinando (traducido del flamenco al castellano)
-Le visten por la mañana y por la tarde le quitan la ropa y le tapan. Le viste un hombre. Cobra 4.000 euros al mes y tiene dos ayudantes para vestirle-. Y añadió .-Y aun le parece poco sueldo.
Las veces que Carlos y yo fuimos a ver al Niño Meón estaba “como Dios le trajo al mundo”.
Leyendas del Manneken Pis, la figura legendaria de Bruselas
Durante un ataque a Bruselas, las tropas enemigas colocaron mechas de pólvora contra las murallas para hacerlas volar. Un niño llamado Julianske (Julien) orinó sobre la mecha encendida, para apagar y salvar la ciudad de la destrucción.
El acto del pequeño Julianske se convirtió en símbolo de valentía y resistencia para la ciudad de Bruselas.
Una variente de esta leyenda cuenta que el fuego ya había comenzado cuando el niño lo apagó orinando sobre las llamas, salvando con ello a la ciudad del incendio.
-El maleficio de la bruja
Cuenta la leyenda que un niño orinó contra la pared o puerta de la casa de una bruja.
La bruja, como castigo, le lanzó una maldición que le convirtió en una estatua que orinara indecentemente para siempre. Un hombre bueno, al ver lo ocurrido -y para romper la maldición-, cambió al niño por una estatua.
-El príncipe perdido
Durante una visita real, el hijo de un noble se perdió. Cuando fueron a buscarle, le encontraron orinando en una esquina. El padre creó la escultura recreando la escena para recordar la travesura del hijo.
El nombre del padre suele asociarse al nombre del duque Godofredo de Lorena.
Cuenta la leyenda que en 1142, durante la batalla de Ransbeke, las tropas de Godofredo de Lorena se enfrentaron al enemigo. Para proteger al hijo del duque -que tenía dos años-, colgaron su cuna de las ramas de un roble. En el fervor de la batalla, el niño salió de la cuna y le encontraron orinando en el árbol.
Otra versión cuenta que el niño orinó sobre los soldados, como símbolo de valentía y rebeldía.
Otras versiones -que se mezclan con la primera versión del príncipe perdido-, narran que podría tratarse de un niño de seis años; que podría ser Godofredo II de Brabante o Godofredo III de Brabante, algo improbable ya que la estatua del Menaken Pis se creó en 1619.
-La leyenda que cuentan los turistas
Durante una fiesta en Bruselas, un comerciante adinerado que visitaba la ciudad con su familia perdió al hijo pequeño entre el gentío. Tras buscarle durante días, el padre encontró a su hijo: el niño estaba riendo y orinando en un pequeño jardín, sito en la calle l'Étuve, 31. El padre se alegró tanto de haberle encontrado que en agradecimiento mandó hacer una fuente y sobre ella colocó una estatuilla de su hijo orinando.
-Homenaje a los curtidores
La teoría histórica más probable dice que el Manneken Pis se hizo para homenajear al gremio de curtidores.
En la Edad Media, los alrededores de la Stoofstraat estaban llenos de curtidurías. Los trabajadores del cuero usaban orina de niños pequeños para procesar el cuero.
En la Edad Media el amoniaco de la orina era muy preciado por los curtidores y sastres porque hacía más flexible el cuero.
Y es que, tal y como nos dijo el guía Julián:
-Aunque tengamos muy idealizada la Edad Media, los fuertes olores de la época nos resultarían insoportables a día de hoy.
-Bruselas: Ciudad del Cómic
La ciudad de Bruselas es la ciudad del cómic y se caracteriza por tener murales de tiras cómicas.
La Ruta del Cómic de Bruselas (o rutas) recorre el centro de la ciudad, el barrio de Laeken y el municipio de Auderghem (en francés, u Oudergem en neerlandés) de la Región de Bruselas-Capital.
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| Mural titulado La Cabane del artista Léonie Bischoff. Barrio de Laeken. Bruselas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Bélgica es un país que impulsa el cómic.
El personaje de historieta más importante es Tintín.
Tintín -protagonista de las aventuras de Tintín-, fue creado por el dibujante belga Hergé, en 1929.
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| Mural titulado Las aventuras de Tintín, que representa una escena de El Asunto Tornasol. Bruselas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Primer mural de la famosa Ruta del Cómic (julio de 1991). Representa a los personajes de Broussaille. Bruselas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Pinturas murales en Bruselas. Belgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Pintura mural que representa a los personajes de La Patrouille des Castors (La Patrulla de los Castores). Bruselas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Entre los murales, también hay uno dedicado al Manneken Pis, llamado Manneken Peace, que hace un juego de palabras (Pis-Peace (Paz).
Jeanneke Pis - Niña Meona La estatua y fuente de Jeanneke Pis se encuentra en el centro histórico, próxima al Ayuntamiento en la Grand Place: callejón Impasse de la Fidélité 10-12.
A las estatuas del Manneken Pis y de Jeanneke Pis se las considera hermanas.
Jeanneke Pis mide unos 50 centímetros, está tallada en piedra caliza azul grisácea y representa a una niña desnuda con coletas, que orina de cuchillas.
La estatua de la niña que orina fue esculpida por la artista visual belga Denis-Adrien Debouvrie en 1985 e inaugurada en 1987.
Al lado de Jeanneke Pis se lee lo siguiente, en francés, neerlandés e inglés:
Alegre, pensativa,
descarada y cínica...
¡Soy la niña más traviesa de Bruselas!
¿Tienes a alguien?
Entonces lánzame una moneda
y, según la leyenda,
te protegeré.
Cada año, tus donaciones se utilizan
para la investigación médica
y para ayudar a los necesitados de Bélgica.
Zinneke Pis - Perro Meón
*Zinneke se usa para llamar al río Senne; y también significa “perro bastardo” o mestico.
La estatua de bronce fue creada por el escultor belga Tom Frantzen en 1998.
El Perro Meón forma parte de la trilogía de estatuas meonas y es símbolo de la divertida y peculiar “Meón-manía”.
A diferencia de las otras dos -Manneken Pis y Jeanneke Pis-, el Zinneke Pis es una estatua a tamaño real y no es una fuente. Está en el suelo, con una pata levantada contra un bolardo (o poste), tal y como haría un perro, añadiendo con ello un toque real y callejero.
-Hay qué joderse-. Le dije a mi marido, mirando al Perro Meón.
Porque en un país donde hay que pagar por mear en todas partes (incluso en áreas de servicio de carretera, centros comerciales, restaurantes), aquí los amigos meones, meando día y noche, ¡y gratis!
Zinneke Pis no solo representa el espíritu bromista y autocrítico de sus habitantes: representa la multiculturalidad y multirracialidad de la ciudad.
De hecho, cuando nosotros estuvimos en Bruselas, las calles principales estaban adornadas con banderas arcoíris, símbolo universal del orgullo y la diversidad de la comunidad LGBTQ+, con motivo del Orgullo de Bruselas 2026 (Brussels Pride), 15 y 16 de mayo.
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| Paso de peatones arcoíris. Bruselas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Orgullo de Bruselas 2026 (Brussels Pride), 15 y 16 de mayo. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Brujas (Brugge) pertenece a la Región Flamenca (Flandes) en Bélgica. Es la capital y la ciudad más grande de la provincia de Flandes Occidental, al noroeste del país.
La ciudad de Brujas es conocida como “la Venecia del Norte”.
En el año 2000, el centro histórico de Brugge fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
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| Brujas o "la Venecia del Norte". Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Cuenta la leyenda que en el Callejón del Asno Ciego (Blinde-Ezelstraat, en neerlandés)-, próximo a la orilla del canal Dijver, había un molino accionado por un burro al que vendaban los ojos para evitar que su trabajo, que consistía en caminar en círculos, no se le hiciera monótono ni se mareara.
El estrecho paso medieval está formado por una pasaje abovedado que atraviesa la Antigua Escribanía Civil (Palacio de Cancillería, conocido como Civiele Griffie, en neerlandés) y conecta la histórica plaza Burg (Stadhuis o Ayuntamiento) con el antiguo mercado del pescado (Vismarkt) y desemboca en el canal Dijver.
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| Blinde-Ezelstraat (Callejón o Puente del Asno Ciego). Brujas. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
La teoría histórica más probable dice que en el siglo XV existía allí una posada llamada Den Blinde Ezel (El Asno Ciego). Al parecer, debía su nombre al trabajo de esos animales.
También hay una vieja historia nocturna acerca de un hombre rico y su burro.
Gante pertenece a la Región Flamenca del país. Es la capital de la provincia de Flandes Oriental, al noroeste de Bélgica.
La ciudad portuaria se encuentra en la confluencia de los ríos Lys o Leie y Escalda (Schelde). De hecho, Gante proviene del vocablo celta Ganda, que significa confluencia o convergencia.Gante tiene dos castillos y tres torres:
-Campanario de Gante (Belfort).
-Catedral de San Bavón.
-Iglesia de San Nicolás.
Julián (el guía) nos dijo:
-La mejor fotografía de las tres torres se puede tomar desde el puente de San Miguel.
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| Iglesia de San Nicolás, Campanario Belfort y Catedral de San Bavón. Fotografía tomada por Carolina Olivares Rodríguez, desde el puente de San Miguel. Gante. Bélgica. |
Con un rico pasado medieval, impregnado de misterios y leyendas, a día de hoy es una de las ciudades universitarias más grandes de Bélgica.
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| Trapgevels (fachadas escalonadas típicas de las ciudades belgas de Brujas y Gante). Gante. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
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| Carlos y Carolina con el castillo de los Condes (Gravensteen). Gante. Bélgica. |
Las leyendas que destacan de Gante, la llamada “Joya de Flandes”, son tres:
-El Dragón Dorado.
-Gerardo, “el Diablo” y los monstruos.
-La batalla por el cañón (El Orgullo Gantes).
Cuenta la leyenda que la figura del Dragón Dorado (Gulden Draak) que se encuentra en lo alto de la torre del Campanario de Gante fue un talismán nórdico que acompañaba a los drakkars (barcos vikingos). Después de una serie de saqueos en la Edad Media, los ganteses se lo arrebataron a los habitantes de Brujas, como trofeo.
Desde entonces, el dragón vigila el centro histórico de Gante y simboliza la independencia y prosperidad de la ciudad.
La leyenda, cuenta también, que el dragón escupía fuego por la boca para defender a los habitantes de sus enemigos.
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| Dragón Dorado (Gulden Draak) en lo alto de la torre del Campanario Belfort. Gante. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Cuenta la leyenda que el propietario del castillo en el siglo XIII, un noble llamado Gerardo, era conocido por su aura espectral, monstruosa y siniestra. Al parecer, ocultaba secretos oscuros en las mazmorras -practicaba torturas y ejecuciones-, y envenenaba a sus esposas.
El castillo de Gerardo “el Diablo” o Geeraard de Duivelsteen, en neerlandés, se construyó entre 1216 y 1245, a orillas del río Escalda. Debe su nombre a su constructor, el caballero Gheeraert Vilain, conocido como “el Diablo”.
Además de por sus maldades, fue apodado como “el Diablo” porque tenía la piel oscura y mal carácter.
Las gentes creían que Gerardo había vendido su alma al Diablo.
-Leyenda de la batalla por el cañón (El Orgullo de Gantes)
Una famosa leyenda medieval narra la historia de una inminente batalla entre la ciudad de Gante y su rival: la ciudad de Brujas.
Los habitantes de Gante, exhibiendo picaresca y valentía -justo antes de la batalla-, robaron a los brujenses su mayor pieza de artillería.
Las leyendas, cuentan también, que el ejército de Gante celebró la hazaña brindando con cerveza y riéndose de sus enemigos, demostrando su tenacidad y carácter independiente.
Dinant pertenece a la Región Valona, zona francófona del sur del país.
La ciudad belga se encuentra en el corazón de la provinica de Namur, a orillas del río Mosa, rodeada de imponentes acantilados rocosos.
Dinant es la ciudad más bonita de Bélgica y se la conoce mundialmente por ser la cuna del saxofón.![]() |
| Letras DINANT. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
El inventor de instrumentos musicales belga, Adolphe Sax (Antoine Joseph Sax, 6 de noviembre de 1814 en Dinant - 7 de febrero de 1894 en París, Francia), inventó el saxofón en 1840 y lo patentó oficialmene el 21 de marzo de 1846.
El nombre del instrumento musical cónico de la familia de los instrumentos de viento-madera tiene su origen en el apellido del inventor “Sax” y el sufijo griego Phonos “Fono” (Sonido). Por tanto, saxofón (saxófono o sax) significa literalmente “Sonido de Sax”.
El puente Charles de Gaulle, que atraviesa el Mosa, conectando los dos márgenes de la ciudad de Dinant, es famoso por su colorida exposición de 28 saxofones (esculturas de gran tamaño), instalados en homenaje a su inventor.
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| Exposición de 28 saxofones en el puente Charles de Gaulle. Dinant. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Dirección: Rue Adolphe Sax 37, La Maison de Monsieur Sax.
Entrada gratuita todos los días.
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| La Maison de Monsieur Sax y la escultura de Adolphe Sax. Dinant. Bélgica. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Narra la historia de los cuatro hijos del duque Aymón de Dordone (Renaud (Reinoid o Rinaldo), Guiscard, Alard y Richard) y su trágica enemistad con el emperador Carlomagno. Para huir del emperador, los hermanos montaron sobre el gigantesco caballo Bayard, que era mágico y podía transportarles. En la huida, Bayard dio un gran salto y la herradura partió en dos la aguja de la roca a orillas del Mosa, dando lugar a Rocher Bayard (Roca de Bayard).
-La leyenda de la Couque de Dinant
Cuenta la leyenda que la receta nació en 1466, durante el asedio a la ciudad belga por Carlos I de Borgoña, llamado el Audaz o el Temerario.
Ante la falta de alimentos (los ciudadanos y los panaderos solo tenían harina y miel) mezclaron estos dos ingredientes y los hornearon, dando lugar a una masa sólida que se convirtió en un alimento dulce de resistencia para ellos*.
*El guía de la excursión nos dijo que la galleta es tan dura que quien intente morderla corre el riesgo de perder un diente:
-Por eso la gente la moja en leche caliente antes de comerla-. Y añadió .-Muchos la compran y no se la comen, sino que la tienen como adorno porque dura mucho tiempo sin estropearse.
-La leyenda de la Flamiche Dinantaise
Cuenta la leyenda gastronómica que la tarta flamiche -bola de Romedenne (queso graso)-, nació cuando una granjera de Romedenne, que se dirigía al mercado de Dinant llevando en una bolsa o cesta huevos, mantequilla y queso, resbaló (o tropezó), por la escarcha, en la famosa cuesta de la calle Saint-Jacques, y se cayó. Entonces los tres ingredientes se mezclaron entre sí.
La granjera llevó la mezcla a una vecina que estaba horneando pan. Las dos mujeres extendieron la masa, esparciéndola, y la hornearon.
El producto resultante fue la flamiche de dinantaise.
-Historias de la Ciudadela y de los espíritus del río
Historias locales hablan acerca del espíritu errante de Adolphe Sax y de rocas que susurran secretos fantasmas de la Ciudadela de Dinant.
La leyenda de Melusina (Luxemburgo)
Un día, el conde Sigfrido -(922-998), conde de las Ardenas, considerado el fundador y primer gobernante de Luxemburgo-, caminaba por la orilla del río Alzette cuando conoció a una princesa más hermosa que el día. Esta hermosa criatura era la ninfa de Alzette, llamada Melusina, y hechizó el valle. Sigfrido se enamoró perdidamente de ella y en poco tiempo le ofreció su corazón y su corona a la joven, quien aceptó. Sin embargo, Melusina puso una condición que Sigfrido debía prometer cumplir o la perdería para siempre. Los sábados, el conde debía dejar a Melusina sola en su habitación y no verla ni intentar averiguar qué hacía. Sigfrido aceptó y la pareja se casó. Durante años vivieron felices y tuvieron muchos hijos. Sin embargo, un sábado, Sigfrido pasó por la habitación de Melusina y, al oír un ruido, miró por la cerradura. Imaginen su horror cuando la vio chapoteando en una gran piscina, con el cuerpo en forma de cola de pez. Ahora que su verdadera naturaleza había sido revelada, Melusina lanzó un grito desgarrador y fue engullida por la tierra. Desde entonces, la ninfa del Alzette permanece sellada en una roca conocida como el Bock y solo reaparece una vez cada siete años.
La escultura de Melusina en Luxemburgo es obra del artista contemporáneo luxemburgués Serve Ecker. Llama la atención su color púrpura magenta y sus formas geométricas o facetadas.
El artista la diseñó usando avanzadas técnicas de modelado digital e impresión 3D.
Amberes y el cuento A DOG OF FLANDES - UN PERRO DE FLANDES
A dog of Flandes es una novela clásica escrita por la autora británica Marie Louise de la Rameé en 1872, bajo el seudónimo Ouida.
Frente a la catedral de Nuestra Señora se encuentra la escultura de Nello y Patrasche conocida como el monumento al Perro de Flandes.
La escultura de mármol es obra del artista visual belga Batist “Tist” Verneulen. Fue inaugurada en 2016.
La emotiva escultura representa al niño (Nello) y a su perro Patrasche, “durmiendo” bajo una manta de adoquines, escenificando el final del cuento y/o novela de Ouida.
Por Carolina Olivares Rodríguez.
(Para los que no quieran leer el cuento, al final hay más información).
(Para los que no quieran leer el cuento, al final hay más información).
Un perro de Flandes
Capítulo 1
Cuando Jehan Daas cumplió ochenta años, su hija murió en las Ardenas, cerca de Stavelot, y le dejó como legado a su hijo de dos años. Apenas podía mantenerse a sí mismo, pero asumió la carga adicional sin quejarse, y pronto se convirtió en algo bienvenido y preciado para él. Nello, que era un diminutivo cariñoso para Nicolás, prosperó con él, y el anciano y el niño vivieron contentos en la pobre cabaña.
Era una cabaña de barro muy humilde, pero estaba limpia y blanca como una concha marina, y se encontraba en una pequeña parcela de jardín que daba frijoles, hierbas y calabazas. Eran muy pobres, terriblemente pobres; muchos días no tenían nada que comer. Nunca, por casualidad, tenían suficiente: haber tenido suficiente para comer habría sido llegar al paraíso de inmediato. Pero el anciano era muy amable y bueno con el niño, y el niño era una criatura hermosa, inocente, sincera y de naturaleza tierna; y eran felices con una corteza y unas pocas hojas de repollo, y no pedían nada más de la tierra ni del cielo; salvo que Patrasche estuviera siempre con ellos, ya que sin Patrasche, ¿que hubiera sido de ellos?
Un perro de Flandes, de pelaje amarillo, de cabeza y extremidades grandes, con orejas parecidas a las de un lobo que se mantenían erguidas, y patas arqueadas y pies ensanchados en el desarrollo muscular forjado en su raza por muchas generaciones de duro servicio. Patrasche provenía de una raza que había trabajado duro y cruelmente de padre a hijo en Flandes durante muchos siglos: esclavos de esclavos, perros del pueblo, bestias de las flechas y los arneses, criaturas que vivían tensando sus tendones en la hiel del carro y morían con el corazón roto en los pedregales de las calles.
Cayó en medio del camino blanco y polvoriento, bajo el resplandor del sol; estaba gravemente enfermo e inmóvil. Su amo le dio la única medicina que tenía en su farmacia: patadas, juramentos y golpes con un garrote de roble, que a menudo había sido el único alimento y bebida, el único salario y recompensa que se le había ofrecido. Pero Patrasche estaba fuera del alcance de cualquier tortura o maldición. Yacía, aparentemente muerto, en el polvo blanco del verano. Después de un rato, al ver inútil atacar sus costillas con castigos y sus orejas con maldiciones, el brabanzón, considerando que la vida se había ido de él, o que estaba a punto de irse, que su cadáver sería inútil para siempre, a menos que alguien le quitara la piel para usarla como guantes, lo maldijo ferozmente a modo de despedida, le quitó las correas de cuero del arnés, pateó su cuerpo con fuerza hacia un lado, sobre la hierba, y, gimiendo y murmurando con furia salvaje, empujó el carro perezosamente cuesta arriba y dejó allí al perro moribundo para que las hormigas lo picaran y los cuervos lo picotearan.
Era el último día antes de la Kermesse en Lovaina, y los brabanzones tenían prisa por llegar a la feria y conseguir un buen lugar para su camión de artículos de latón. Estaba furioso, porque Patrasche había sido un animal fuerte y muy resistente, y porque él mismo tenía ahora la dura tarea de empujar su carruaje hasta Lovaina. Pero quedarse a cuidar de Patrasche nunca se le pasó por la cabeza: la bestia se estaba muriendo y era inútil, y robaría, para reemplazarlo, el primer perro grande que encontrara vagando solo fuera de la vista de su amo. Patrasche no le había costado nada, o casi nada, y durante dos largos y crueles años lo había hecho trabajar sin cesar a su servicio desde el amanecer hasta el atardecer, durante el verano y el invierno, con buen y mal tiempo.
Jehan Daas, con mucho esfuerzo, llevó al enfermo a su cabañita, que estaba a tiro de piedra en medio de los campos, y lo atendió con tanto cuidado que la enfermedad, que había sido un ataque cerebral, provocado por el calor, la sed y el agotamiento, con el tiempo, la sombra y el descanso desapareció, y la salud y la fuerza regresaron, y Patrasche se puso de pie de nuevo sobre sus cuatro robustas patas leonadas.
Unos años más tarde, Jehan Daas, que casi siempre había sido lisiado, quedó tan paralizado por el reumatismo que le fue imposible salir más con el carro. Entonces Nello, que ya tenía seis años y conocía bien la ciudad por haber acompañado a su abuelo muchas veces, tomó su lugar junto al carro, vendió la leche y recibió las monedas a cambio, y las devolvió a sus respectivos dueños con una linda gracia y seriedad que encantaba a los que le veían.
Pero ni siquiera entonces se les oyó lamentarse, a ninguno de los dos. Los zuecos del niño y las cuatro patas del perro trotaban con valentía por los campos helados al son de las campanillas del arnés; y a veces, en las calles de Amberes, alguna ama de casa les traía un tazón de sopa y un puñado de pan, o algún comerciante amable les echaba algunos lingotes de combustible en el carrito cuando volvían a casa, o alguna mujer de su propio pueblo les pedía que se quedaran con una parte de la leche que llevaban para su propia comida; y entonces corrían por las tierras blancas, a través de la oscuridad temprana, brillantes y felices, y estallaban con un grito de alegría en su hogar.
Hay tanta tranquilidad junto a ese gran sepulcro blanco, tanta tranquilidad, salvo cuando el órgano repica y el coro grita en voz alta el Salve Regina o el Kyrie Eleison. Seguro que ningún artista tuvo jamás una lápida más grande que ese santuario de mármol puro que le ofrece en el corazón de su lugar de nacimiento, en el presbiterio de San Jacques.
Y sí, solo había una cosa que le causaba inquietud.
En estos grandes y tristes montones de piedras, que alzaban su melancólica majestad sobre los tejados abarrotados, el niño Nello entraba y desaparecía muchas veces a través de sus oscuros portales arqueados, mientras Patrasche, abandonado fuera en la acera, reflexionaba cansada y vanamente sobre cuál podría ser el encanto que lo alejaba de su inseparable y amado compañero. Una o dos veces intentó verlo por sí mismo, subiendo ruidosamente los escalones con su carro de leche; pero siempre lo enviaba de vuelta sumariamente un alto conserje vestido de negro y con cadenas de plata de su cargo; y temiendo meter a su pequeño amo en problemas, desistió y permaneció pacientemente tendido frente a las iglesias hasta que el niño reapareció. Pero el hecho de entrar en ellas no era lo que le inquietaba.
Un día, cuando el sacristán no estaba y las puertas estaban entreabiertas, entró un momento tras su amigo y los vio. “Ellos” eran dos grandes cuadros cubiertos a cada lado del coro.
Nello soñaba con otras cosas en el futuro que cultivar la pequeña parcela de tierra, vivir bajo el techo de cañas y ser llamado Baas por los vecinos un poco más pobres o un poco menos pobres que él. La aguja de la catedral, donde se alzaba más allá de los campos en los cielos rojizos del atardecer o en las mañanas tenues, grises y brumosas, le decía otras cosas. Pero solo se las contaba a Patrasche, susurrándole, como un niño, sus fantasías al oído del perro cuando iban a trabajar a través de la niebla del amanecer o descansaban entre los juncos susurrantes a la orilla del agua.
Un día, su padre, Baas Cogez, un buen hombre, pero algo severo, se encontró con un bonito grupo en la extensa pradera tras el molino, donde se había cortado la cosecha de ese día. Era su hijita sentada entre el heno, con la gran cabeza leonada de Patrasche en su regazo, y muchas coronas de amapolas y acianos azules alrededor de ellos: sobre una tabla de pino limpia y lisa, el niño Nello dibujó su retrato con un trozo de carbón.
El color desapareció del rostro del joven ardenés; levantó la cabeza y puso las manos a la espalda. Quédate con tu dinero y el retrato, Baas Cogez, dijo simplemente. Has sido bueno conmigo muchas veces. Después llamó a Patrasche y se alejó caminando por el campo.
Y es un buen muchacho y leal, dijo la ama de casa, deleitándose con el trozo de madera de pino que estaba entronizado sobre la chimenea con un reloj de cuco de roble y un Calvario de cera.
La pobre madre estaba aterrorizada y prometió humildemente cumplir su voluntad. No es que pudiera separar por completo a la niña de su compañero de juegos favorito, ni el molinero deseaba tal extremo de crueldad para un joven que no era culpable de nada más que de pobreza. Pero hubo muchas maneras de alejar a Alois de Nello; y Nello, siendo un niño orgulloso, tranquilo y sensible, se sintió rápidamente herido y dejó de seguir sus propios pasos y los de Patrasche, como solía hacer en cada momento de ocio, al viejo molino rojo en la ladera. No sabía cuál era su ofensa: suponía que de alguna manera había enfadado a Baas Cogez al tomar el retrato de Alois en el prado; y cuando la niña que le amaba corría hacia él y acunaba su mano, le sonreía con mucha tristeza y le decía con tierna preocupación por ella antes que por sí mismo: no, Alois, no enfades a tu padre. Él piensa que te hago ociosa, querida, y no está contento de que estés conmigo. Es un buen hombre y te quiere mucho: no le enfadaremos, Alois.
No importa, Patrasche, dijo con los brazos alrededor del cuello del perro mientras estaban sentados en la puerta de la cabaña, donde los sonidos de la alegría del molino les llegaban con el aire nocturno, no importa. Todo cambiará con el tiempo.
¿Hoy es el santo de Alois, no?, dijo el anciano Daas esa noche desde el rincón donde estaba tendido en su cama de sacos.
¡Ah! El anciano guardó silencio: la verdad se le reveló con la inocente respuesta del muchacho. Estaba atado a una cama de hojas secas en la esquina de una cabaña de cañas, pero no había olvidado del todo cómo eran las cosas en el mundo.
No, soy rico, murmuró Nello; y en su inocencia pensó que era rico, con poderes imperecederos más poderosos que el poder de los reyes. Y fue y se quedó junto a la puerta de la cabaña en la tranquila noche de otoño, y observó las estrellas pasar y los altos álamos doblarse y temblar con el viento. Las ventanas del molino estaban iluminadas, y de vez en cuando le llegaban las notas de la flauta. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pues no era más que un niño, pero sonrió, porque se dijo a sí mismo: ¡en el futuro!. Se quedó allí hasta que todo quedó en completo silencio y oscuridad, entonces él y Patrasche entraron y durmieron larga y profundamente, uno al lado del otro.
Patrasche había permanecido en silencio incontables horas observando su gradual creación después de terminar la labor de cada día, y sabía que Nello tenía la esperanza -vana y descabellada quizá, pero muy ferviente-, de enviar este gran dibujo para competir por un premio de doscientos francos al año que, según se anunció en Amberes, estaría abierto a todo joven talentoso, erudito o campesino, menor de dieciocho años, que intentara ganarlo con algún trabajo sin ayuda de lápiz o tiza. Tres de los artistas más importantes de la ciudad de Rubens serían los jueces y elegirían al vencedor según sus méritos.
Una tarde, mientras regresaban de Amberes sobre la nieve, que se había vuelto dura y lisa como el mármol en las llanuras flamencas, encontraron tirada en el camino una linda marioneta, un percursionista, todo escarlata y oro, de unos quince centímetros de alto y, a diferencia de los personajes más importantes cuando la fortuna los deja caer, completamente intacta e ilesa por su caída. Era un juguete bonito. Nello intentó encontrar a su dueño y, al no lograrlo, pensó que era justo lo que necesitaba Alois.
Nello puso al percusionista en sus manos. Aquí tienes una muñeca que encontré en la nieve, Alois. Tómala, susurró, tómala, ¡y que Dios te bendiga, querida!
Eres muy cruel con el muchacho, se atrevió a decir la esposa del molinero, llorando, a su señor. Seguro que es un muchacho inocente y fiel, y nunca soñaría con tal maldad, por mucho que le duela el corazón.
Aun así, para un chico de casi dieciséis años, que había vivido en un pequeño mundo su corta vida, y que en su infancia había sido acariciado y aplaudido por todos lados, era una dura prueba que todo ese pequeño mundo se volviera contra él sin motivo alguno. Especialmente duro en ese invierno sombrío, nevado y azotado por la hambruna, cuando la única luz y calor que se podía encontrar estaba junto a los hogares del pueblo y en los amables saludos de los vecinos. En invierno, todos se acercaban unos a otros, excepto a Nello y Patrasche, con quienes nadie quería tener nada que ver, y que se veían obligados a arreglárselas como podían con el anciano paralítico y postrado en cama en la cabañita, cuyo fuego a menudo era escaso y cuya mesa a menudo carecía de pan, porque había un comprador de Amberes que se había dedicado a conducir su mula durante un día por la leche de las diversas lecherías, y solo tres o cuatro personas habían rechazado sus condiciones de compra y permanecieron fieles al carrito. De modo que la carga que Patrasche tiraba se había vuelto muy ligera, y las monedas de un centavo en la bolsa de Nello se habían vuelto, ¡ay!, muy pequeñas igualmente.
Capítulo XI
La visión despertó un poco al muchacho de su estupor. Lo metió en su camisa, acarició a Patrasche y lo atrajo hacia adelante. El perro le miró con nostalgia.
Nello puso el estuche de billetes en su mano y llamó a Patrasche dentro de la casa. Patrasche encontró el dinero esta noche, dijo rápidamente. Díselo al señor Cogez: creo que no le negará al perro cobijo ni comida en su vejez. Evita que me persiga y te ruego que seas bueno con él.
Eran las seis en punto cuando, por una entrada opuesta, llegó finalmente el molinero, hastiado y roto, en presencia de su esposa. Se ha perdido para siempre, dijo con las mejillas pálidas y un temblor en su voz severa. Hemos buscado con linternas por todas partes; se ha ido, ¡incluso la parte de la doncella!
¡Buen perro! ¡Buen perro! Iré a ver al muchacho a primera hora del amanecer. Porque nadie más que Patrasche sabía que Nello había salido de la cabaña, y nadie más que Patrasche adivinó que Nello se había ido a enfrentar el hambre y la miseria.
Los portales de la catedral estaban abiertos después de la misa de medianoche. Alguna negligencia de los sacristanes, demasiado ansiosos por ir a casa a festejar o dormir, o demasiado somnolientos para saber si habían girado bien las llaves, había dejado una de las puertas sin cerrar. Por ese accidente, las pisadas que Patrasche buscaba habían entrado al edificio, dejando las marcas blancas de la nieve en el oscuro suelo de piedra. Por ese delgado hilo blanco, congelado al caer, fue guiado a través del intenso silencio, a través de la inmensidad del espacio abovedado, guiado directamente a las puertas del presbiterio, y, tendido allí sobre las piedras, encontró a Nello. Se acercó sigilosamente y le tocó el rostro. ¿Acaso soñaste que te sería infiel y te abandonaría? ¿Yo... un perro?, dijo esa caricia muda.
En respuesta, Patrasche se acercó aún más y apoyó la cabeza en el pecho del joven. Las grandes lágrimas se acumulaban en sus ojos marrones y tristes: no por sí mismo; por sí mismo era feliz.
También llegó, a medida que avanzaba el día, un pintor que tenía fama en el mundo y que era generoso con sus manos y su espíritu. Busco a alguien que debería haber ganado el premio ayer si lo hubiera merecido, dijo a la gente, un muchacho de rara promesa y genio. Un viejo leñador en un árbol caído al atardecer, ese era todo su tema. Pero había grandeza para el futuro en él. Me gustaría encontrarle, llevármelo conmigo y enseñarle Arte.
Capítulo 1
Nello y Patrasche se quedaron solos en el mundo.
Eran amigos en una amistad más cercana que la hermandad. Nello era un pequeño ardenés. Patrasche era un gran perro flamenco. Tenían la misma edad en años, sin embargo, uno todavía era joven y el otro ya era viejo. Habían vivido juntos casi todos los días: eran huérfanos y desamparados, y debían sus vidas a la misma mano. Había sido el comienzo del vínculo entre ellos, su primer lazo de simpatía; y había perdurado día a día, creciendo firme e indisolublemente, hasta amarse.
Su hogar era una pequeña cabaña en las afueras de un pequeño pueblo, un pueblito Flamenco a una legua de Amberes, situado en medio de extensas llanuras de pastos y campos de maíz, con largas hileras de álamos y alisos que se mecían con la brisa al borde del gran canal que lo atravesaba. Tenía alrededor de una veintena de casas y granjas, con contraventanas de color verde brillante o azul celeste, y techos de color rojo rosado o blanco y negro, y paredes encaladas hasta que brillaban al sol como la nieve. En el centro se alzaba un molino de viento, en una pequeña ladera cubierta de musgo: era un punto de referencia para la llanura circundante. En otro tiempo había estado pintado de escarlata, aspas incluidas, pero eso había sido en sus inicios, hacía medio siglo o antes, cuando había molido trigo para los soldados de Napoleón; y ahora era de un marrón rojizo, curtido por el viento y la intemperie. Se movía extrañamente a trompicones, como si fuera reumático y rígido en las articulaciones por la edad, pero servía al vecindario, que habría considerado casi tan impío llevar grano a otro lugar como asistir a otro servicio religioso que no fuera la misa que se celebraba en el altar de la pequeña y vieja iglesia gris, con su campanario cónico, que se alzaba frente a ella, y cuya única campana sonaba mañana, mediodía y noche con esa extraña, apagada y hueca tristeza que toda campana que cuelga en los Países Bajos parece adquirir como parte integral de su melodía.
Al son del pequeño reloj melancólico, casi desde su nacimiento, habían vivido Nello y Patrasche, en la cabañita en las afueras del pueblo, con la aguja de la catedral de Amberes elevándose al noreste, más allá de la gran llanura de hierba verde sembrada y maíz esparcido que se extendía desde ellos como un mar sin mareas, inmutable. Era la cabaña de un hombre muy anciano, de un hombre muy pobre, el viejo Jehan Daas que en su tiempo había sido soldado y recordaba las guerras que habían asolado el país como los bueyes pisotean los surcos, y no había traído de su servicio nada excepto una herida, que le había dejado lisiado.
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| Catedral de Amberes (la más grande de Bélgica). Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez. |
Cuando Jehan Daas cumplió ochenta años, su hija murió en las Ardenas, cerca de Stavelot, y le dejó como legado a su hijo de dos años. Apenas podía mantenerse a sí mismo, pero asumió la carga adicional sin quejarse, y pronto se convirtió en algo bienvenido y preciado para él. Nello, que era un diminutivo cariñoso para Nicolás, prosperó con él, y el anciano y el niño vivieron contentos en la pobre cabaña.
Era una cabaña de barro muy humilde, pero estaba limpia y blanca como una concha marina, y se encontraba en una pequeña parcela de jardín que daba frijoles, hierbas y calabazas. Eran muy pobres, terriblemente pobres; muchos días no tenían nada que comer. Nunca, por casualidad, tenían suficiente: haber tenido suficiente para comer habría sido llegar al paraíso de inmediato. Pero el anciano era muy amable y bueno con el niño, y el niño era una criatura hermosa, inocente, sincera y de naturaleza tierna; y eran felices con una corteza y unas pocas hojas de repollo, y no pedían nada más de la tierra ni del cielo; salvo que Patrasche estuviera siempre con ellos, ya que sin Patrasche, ¿que hubiera sido de ellos?
Porque Patrasche era su alfa y omega; su tesoro y granero; su reserva de oro y vara de riqueza; su sustentador y ministro; su único amigo y consuelo. Si Patrasche hubiera muerto o se hubiera ido de su lado, habrían tenido que acostarse y morir de la misma manera. Patrasche era cuerpo, cerebro, manos, cabeza y pies para ellos: Patrasche era su propia vida, su propia alma. Porque Jehan Daas era un anciano y Nello solo un niño; y Patrasche era su perro.
Capítulo II
Patrasche había nacido de padres que habían trabajado duro todos los días sobre las afiladas piedras de diferentes ciudades y los largos, sombríos y cansados caminos de las dos Flandes y Brabante. No había nacido de otra herencia que la del dolor y el trabajo. Se había alimentado de maldiciones y bautizado con golpes. ¿Por qué no? Patrasche no era más que un perro. Antes de ser adulto, había conocido la amarga hiel del carro y el collar. Antes de cumplir trece meses se había convertido en propiedad de un ferretero, que solía vagar por la tierra de norte a sur, desde el mar azul hasta las verdes montañas. Lo vendieron por un precio bajo, porque era muy joven.
Afortunadamente para Patrasche, o desafortunadamente, era muy fuerte: provenía de una raza de hierro, nacido y criado para un trabajo tan cruel; por lo que no murió, sino que logró arrastrar una existencia miserable bajo las brutales cargas, las escarificaciones, los latigazos, el hambre, la sed, los golpes, las maldiciones y el agotamiento que son el único salario con el que los flamencos recompensan a la más paciente y laboriosa de sus víctimas de cuatro patas. Un día, después de dos años de esta larga y mortal agonía, Patrasche seguía su camino como de costumbre por uno de los más rectos, polvorientos y poco atractivos que conducen a la ciudad de Rubens. Era verano y hacía mucho calor. Su carro era muy pesado, repleto de mercancías de metal y cerámica. Su dueño paseaba tranquilamente sin percatarse de él, salvo por el chasquido del látigo al enroscarse alrededor de sus temblorosas caderas. El hombre se había detenido a beber cerveza en cada posada del camino, pero le había prohibido a Patrasche detenerse un momento para tomar un trago del canal. Caminando bajo el sol abrasador, por una carretera abrasadora, sin haber comido nada en veinticuatro horas y, lo que era mucho peor para él, sin haber probado el agua en casi doce, ciego de polvo, dolorido por los golpes y estupefacto por el peso despiadado que arrastraba sobre sus caderas, Patrasche, por una vez, se tambaleó, echó un poco de espuma por la boca y cayó. Este hombre era un borracho y un bruto.
La vida de Patrasche fue de miseria. Su comprador era un brabanzón, hosco, malhumorado y brutal, que llenó su carro con ollas, sartenes, jarras, cubos y otros artículos de loza, latón y estaño, y dejó que Patrasche tirara de la carga lo mejor que pudiera, mientras él se relajaba ociosamente a un lado, gordo y perezoso, fumando su pipa negra y parando en cada taberna o café del camino.
Era el último día antes de la Kermesse en Lovaina, y los brabanzones tenían prisa por llegar a la feria y conseguir un buen lugar para su camión de artículos de latón. Estaba furioso, porque Patrasche había sido un animal fuerte y muy resistente, y porque él mismo tenía ahora la dura tarea de empujar su carruaje hasta Lovaina. Pero quedarse a cuidar de Patrasche nunca se le pasó por la cabeza: la bestia se estaba muriendo y era inútil, y robaría, para reemplazarlo, el primer perro grande que encontrara vagando solo fuera de la vista de su amo. Patrasche no le había costado nada, o casi nada, y durante dos largos y crueles años lo había hecho trabajar sin cesar a su servicio desde el amanecer hasta el atardecer, durante el verano y el invierno, con buen y mal tiempo.
Había sacado un buen provecho de Patrasche: siendo humano, era sabio y dejó que el perro exhalara su último aliento solo en la cuneta, y que los pájaros le arrancaran los ojos inyectados en sangre, mientras él seguía su camino para mendigar y robar, comer y beber, bailar y cantar, en la alegría de Lovaina. Un perro moribundo, un perro de carro, ¿por qué iba a perder horas sufriendo sus agonías a riesgo de perder un puñado de monedas de cobre, a riesgo de provocar carcajadas?
Patrasche yacía en la verde hierba de la cuneta. Era un camino muy transitado aquel día, y cientos de personas a pie y en mulas, en carros o carretas, pasaban caminando con paso rápido y alegre hacia Lovaina. Algunos lo vieron, la mayoría ni siquiera lo miró: todos siguieron su camino. Un perro muerto, más o menos; no era nada en Brabante: no era nada en ningún lugar del mundo.
Patrasche yacía en la verde hierba de la cuneta. Era un camino muy transitado aquel día, y cientos de personas a pie y en mulas, en carros o carretas, pasaban caminando con paso rápido y alegre hacia Lovaina. Algunos lo vieron, la mayoría ni siquiera lo miró: todos siguieron su camino. Un perro muerto, más o menos; no era nada en Brabante: no era nada en ningún lugar del mundo.
Al cabo de un rato, entre los veraneantes, apareció un viejecito encorvado, cojo y muy débil. No iba vestido para la fiesta: iba muy mal y miserablemente vestido, y arrastraba su silencioso camino lentamente a través del polvo entre los buscadores de placer. Miró a Patrasche, se detuvo, se preguntó, se apartó, después se arrodilló en la alta hierba y las malezas de la cuneta y examinó al perro con ojos amables y compasivos. Había con él un niño rubio y sonrosado, de ojos oscuros, que entró correteando entre los arbustos, que para él eran de la altura del pecho, y se quedó mirando con una bonita seriedad a la pobre, grande y tranquila bestia.
Así fue como se conocieron por primera vez: el pequeño Nello y el gran Patrasche.
Capítulo III
Durante semanas había estado inútil, impotente, dolorido, cerca de la muerte; pero en todo este tiempo no había oído ninguna palabra áspera, no había sentido ningún toque duro, sino los murmullos compasivos de la voz del niño y la caricia reconfortante de la mano del anciano.
En su enfermedad, el anciano solitario y el niño feliz lo habían cuidado. Tenía un rincón de la cabaña, con un montón de hierba seca por cama; y habían aprendido a escuchar ansiosamente su respiración en la noche oscura, para que les dijera que vivía; y cuando por primera vez estuvo lo suficientemente bien como para intentar un fuerte, hueco y quebrado lamento, rieron a carcajadas y casi lloraron de alegría ante tal señal de su segura recuperación; y Nello, con deleite, colgó alrededor de su tosco cuello collares de margaritas y lo besó con labios frescos y sonrosados.
Cuando Patrasche se levantó, de nuevo fuerte, grande, flaco, poderoso, sus grandes ojos melancólicos tenían un suave asombro de que no hubiera maldiciones que lo despertaran ni golpes que lo hicieran retroceder; y su corazón despertó a un amor poderoso, que nunca vaciló en su fidelidad mientras vivió.
Cuando Patrasche se levantó, de nuevo fuerte, grande, flaco, poderoso, sus grandes ojos melancólicos tenían un suave asombro de que no hubiera maldiciones que lo despertaran ni golpes que lo hicieran retroceder; y su corazón despertó a un amor poderoso, que nunca vaciló en su fidelidad mientras vivió.
Y aun siendo un perro, estaba agradecido. Patrasche yacía meditando largo rato con ojos marrones graves, tiernos y reflexivos, observando los movimientos de sus amigos.
Ahora bien, el viejo soldado Jehan Daas, no podía hacer nada para ganarse la vida más que cojear un poco con un pequeño carro verde, con el que llevaba diariamente los cántaros de leche a Amberes de aquellos vecinos más felices que tenían ganado. Los aldeanos le daban el empleo un poco por caridad, más porque les convenía enviar su leche a la ciudad por un transportista tan honesto, y quedarse en casa al cuidado de sus jardines, sus vacas, sus aves de corral o sus pequeños campos. Pero se estaba convirtiendo en un trabajo duro para el anciano. Tenía ochenta y tres años, y la ciudad de Amberes estaba a una legua de distancia, o más.
Patrasche observó el ir y venir de los cántaros de leche aquel día en que se había recuperado y estaba tumbado al sol con la corona de margaritas alrededor de su cuello moreno.
A la mañana siguiente, Patrasche, delante del anciano, tocó el carro, se levantó, caminó hacia él y se colocó entre sus asas, y testificó tan claramente como el mudo espectáculo podía hacerlo su deseo y su capacidad de trabajar a cambio del pan de caridad que había comido. Jehan Daas se resistió mucho tiempo, ya que pensaba que era una vergüenza atar a los perros a trabajos para los que la Naturaleza no los creó. Pero Patrasche no se dejó contradecir: al ver que no lo enganchaban, intentó tirar del carro con los dientes.
Finalmente, Jehan Daas cedió, vencido por la persistencia y la gratitud de esta criatura a la que había ayudado. Modificó su carro para que Patrasche pudiera correr en él, y así lo hizo todas las mañanas de su vida a partir de entonces.
Finalmente, Jehan Daas cedió, vencido por la persistencia y la gratitud de esta criatura a la que había ayudado. Modificó su carro para que Patrasche pudiera correr en él, y así lo hizo todas las mañanas de su vida a partir de entonces.
Cuando llegó el invierno, Jehan Daas agradeció la dichosa fortuna que le había llevado hasta el perro moribundo en la cuneta aquel día de feria en Lovaina; pues era muy viejo y se debilitaba año tras año, y difícilmente habría sabido cómo arrastrar su carga de cántaros de leche sobre la nieve, a través de los profundos surcos en el barro de no haber sido por la fuerza y laboriosidad del animal del que se había hecho amigo. En cuanto a Patrasche, le parecía el cielo. Después de las terribles cargas que su antiguo amo le había obligado a soportar, al llamado del látigo a cada paso, le parecía más que diversión salir con este carrito, con sus brillantes latas de latón, al lado del amable anciano que siempre le pagaba con una tierna caricia y una palabra amable. Además, su trabajo terminaba a las tres o cuatro de la tarde, y después era libre para hacer lo que quisiera: estirarse, dormir al sol, vagar por los campos, retozar con el niño o jugar con otros perros. Patrasche era muy feliz.
Afortunadamente para su paz, su antiguo dueño murió en una pelea de borrachos en la Kermesse de Mechlin, por lo que no lo buscaron ni molestaron en su nuevo y querido hogar.
Capítulo IV
El pequeño ardenés era un niño hermoso, con ojos oscuros, serios y tiernos, y un hermoso rubor en su rostro, y rubios mechones que se le agrupaban hasta la garganta; y muchos artistas dibujaron al grupo mientras pasaba junto a él: el carro verde con las jarras de latón de Teniers, Mieris y Van Tal, y el gran perro macizo de color leonado, con su arnés de cascabeles que repicaba alegremente mientras caminaba, y la pequeña figura que corría a su lado que tenía pequeños pies blancos en grandes zapatos de madera, y un rostro suave, grave, inocente y feliz como los pequeños niños rubios de Rubens.
Nello y Patrasche hicieron el trabajo tan bien y con tanta alegría que el propio Jehan Daas, cuando llegó el verano y se sintió mejor, no tuvo necesidad de salir, sino que podía sentarse en el umbral al sol y verles salir por la puerta del jardín, y después cabecear, soñar y rezar un poco, y después despertar de nuevo cuando el reloj daba las tres y esperar su regreso. Y a su regreso, Patrasche se liberaba de su arnés con un aullido de alegría, y Nello relataba con orgullo las hazañas del día; y entraban a su comida de pan de centeno con leche o sopa, y veían como las sombras se alargaban sobre la gran llanura y el crepúsculo velaba la hermosa aguja de la catedral; y luego se acostaban a dormir plácidamente mientras el anciano rezaba.
Así transcurrieron los días y los años, y las vidas de Nello y Patrasche fueron felices, inocentes y saludables.
En primavera y verano, sobre todo, eran felices. Flandes no es una tierra hermosa, y alrededor del burgo de Rubens es quizá la menos hermosa de todas. El maíz y la colza, los pastos y el arado, se suceden en la llanura sin carácter en un cansada repetición, y salvo por alguna torre gris y demacrada, con su repique de campanas patéticas, o alguna figura que cruza los campos, convertida en pintoresca por un manojo de espigadoras o una gavilla de leñador, no hay cambio.
En un bosque de leñadores, no hay cambio, ni variedad, ni belleza en ninguna parte; y quien ha habitado las montañas o en medio de los bosques se siente oprimido como por el tedio y la infinitud de esa vasta y lúgubre llanura. Pero es verde y muy fértil, y tiene amplios horizontes con cierto encanto incluso en su monotonía y aburrimiento; y entre los juncos junto al agua crecen las flores, y los árboles se alzan altos y frescos donde las barcazas se deslizan con sus grandes cascos negros contra el sol, y los pequeños barriles verdes y las banderas de colores alegres contra las hojas. De cualquier manera, hay verdor y amplitud de espacio suficiente para ser tan bueno como la belleza para un niño y un perro; y estos dos no pedían nada mejor, cuando terminaban su trabajo, que yacer enterrados en la exuberante hierba a un lado del canal, y observar las pesadas embarcaciones que pasaban a la deriva y traían el fresco olor salado del mar entre los aromas florecientes del verano campestre.
Es cierto que en invierno era más difícil, y tenían que levantarse en la oscuridad y el frío intenso, y rara vez tenían tanto como podrían haber comido cualquier día, y la cabaña apenas era mejor que un cobertizo cuando las noches eran frías, aunque se veía tan bonita en clima cálido, enterrada en una gran enredadera amablemente trepadora, que nunca daba fruto, pero que la cubría con una exuberante tracería verde durante los meses de floración y cosecha. Los vientos encontraban muchos agujeros en las paredes de la pobre cabaña, y la enredadera estaba negra y sin hojas, y las tierras desnudas se veían muy desoladas y sombrías, y a veces dentro el suelo se inundaba y congelaba. En invierno era duro, y la nieve entumecía las pequeñas extremidades blancas de Nello, y los carámbanos cortaban los valientes e incansables pies de Patrasche.
Capítulo V
Solo había una cosa que le causaba inquietud a Patrasche.
Amberes, como todo el mundo sabe, está llena en cada esquina de viejos montones de piedras, oscuras, antiguas y majestuosas, erguidas en patios torcidos, apiñadas contra portales y tabernas, elevándose a la orilla del agua, con campanas sonando en el aire, y una y otra vez desde sus puertas arqueadas un redoble de música. Allí permanecen, los grandes y antiguos santuarios del pasado, encerrados en medio de la miseria, la prisa, las multitudes, la fealdad y el comercio del mundo moderno, y durante todo el día las nubes se desplazan, los pájaros dan vueltas y los vientos suspiran a su alrededor, y bajo la tierra a sus pies duerme Rubens.
Y la grandeza del poderoso Maestro aún reposa sobre Amberes, y dondequiera que miremos en sus estrechas calles, su gloria reside allí, de modo que todas las cosas insignificantes se transfiguran con ello; y yendo lentamente por los caminos sinuosos, y al borde del agua estancada, y a través de los patios nocivos, su espíritu permanece con nosotros, y la heroica belleza de sus visiones nos rodea, y las piedras que una vez sintieron sus pasos y llevaron su sombra parecen levantarse y hablar de él con voces vivas. Porque la ciudad que es la tumba de Rubens todavía vive para nosotros a través de él, y solo de él.
Sin Rubens, ¿qué era Amberes?
Un mercado sucio, oscuro y bullicioso, que ningún hombre se molestaría en mirar salvo los comerciantes que hacen negocios en sus muelles. Con Rubens, es un nombre sagrado, una tierra sagrada, un Belén donde un dios del Arte vio la luz, un Gólgota donde un dios del Arte yace muerto.
¡Oh, naciones! Deben atesorar a sus grandes hombres, pues solo por ellos el futuro sabrá de ustedes. Flandes, en sus generaciones, ha sido sabia. En su vida glorificó al más grande de sus hijos, y en su muerte magnifica su nombre. Pero su sabiduría es muy rara.
¡Oh, naciones! Deben atesorar a sus grandes hombres, pues solo por ellos el futuro sabrá de ustedes. Flandes, en sus generaciones, ha sido sabia. En su vida glorificó al más grande de sus hijos, y en su muerte magnifica su nombre. Pero su sabiduría es muy rara.
En estos grandes y tristes montones de piedras, que alzaban su melancólica majestad sobre los tejados abarrotados, el niño Nello entraba y desaparecía muchas veces a través de sus oscuros portales arqueados, mientras Patrasche, abandonado fuera en la acera, reflexionaba cansada y vanamente sobre cuál podría ser el encanto que lo alejaba de su inseparable y amado compañero. Una o dos veces intentó verlo por sí mismo, subiendo ruidosamente los escalones con su carro de leche; pero siempre lo enviaba de vuelta sumariamente un alto conserje vestido de negro y con cadenas de plata de su cargo; y temiendo meter a su pequeño amo en problemas, desistió y permaneció pacientemente tendido frente a las iglesias hasta que el niño reapareció. Pero el hecho de entrar en ellas no era lo que le inquietaba.
Patrasche sabía que la gente iba a la iglesia: todo el pueblo iba al pequeño montón gris, destartalado y en ruinas frente al molino de viento rojo. Lo que le preocupaba era que Nello siempre se veía extraño cuando salía, muy sonrojado o muy pálido; y cuando regresaba a casa después de tales visitas se sentaba en silencio y soñando, sin ganas de jugar, sino mirando los cielos vespertinos más allá de la línea del canal, muy apagado y triste.
¿Qué era?, se preguntó Patrasche. Pensó que no podía ser bueno ni natural que el pequeño estuviera tan serio, y a su manera muda intentó por todos los medios mantenerle a su lado en los campos soleados o en la bulliciosa plaza del mercado. Pero Nello iba a las iglesias: sobre todo a la gran catedral; y Patrasche, abandonado fuera sobre las piedras junto a los fragmentos de hierro de la puerta de Quentin Matsys, se estiraba, bostezaba, suspiraba e incluso aullaba de vez en cuando, todo en vano, hasta que las puertas se cerraban y el niño salía a la fuerza, y rodeando con sus brazos el cuello del perro, lo besaba en su ancha frente color leonada y murmuraba siempre las mismas palabras: ¡si tan solo pudiera verlos, Patrasche! ¡Si tan solo pudiera verlos!
¿Qué eran?, reflexionó Patrasche, mirando hacia arriba con ojos grandes, melancólicos y compasivos.
Nello estaba arrodillado, absorto como en éxtasis, ante el retablo de la Asunción, y cuando notó a Patrasche, se levantó y sacó al perro suavemente al aire. Su rostro estaba mojado por las lágrimas, y miró hacia arriba a los lugares velados al pasar por ellos, y murmuró a su compañero: ¡es tan terrible no verlos, Patrasche, solo porque uno es pobre y no puede pagar! Nunca quiso decir que los pobres no debían verlos cuando los pintó, estoy seguro. Él hubiera querido que los viéramos todos los días, y cada día: de eso estoy seguro. Y las mantienen allí envueltas en la oscuridad, ¡las cosas hermosas! Y nunca sienten la luz y ningún ojo los mira, a menos que vengan ricos y paguen. Si tan solo pudiera verlos, estaría contento de morir.
Pero no podía verlos, y Patrasche no podía ayudarle, porque obtener la moneda de plata que la iglesia exige como precio por contemplar las glorias de la Elevación de la Cruz (o El levantamiento de la Cruz) y el Descendimiento de la Cruz estaba tan fuera de su alcance como escalar las alturas de la aguja de la catedral. Nunca tuvieron ni un centavo de sobra: si limpiaban lo suficiente para conseguir un poco de leña para la estufa, un poco de caldo para la olla, era lo máximo a lo que podían aspirar. Y, sin embargo, el corazón del niño se sumió en un anhelo doloroso e infinito al contemplar la grandeza de los dos Rubens velados.
El alma del pequeño ardenés vibraba y se agitaba con una pasión absorbente por el Arte. Recorriendo la ciudad vieja en los primeros días, antes de que saliera el sol o la gente, Nello, que parecía solo un pequeño campesino, con un gran perro que llevaba leche para venderla de puerta en puerta, estaba en un cielo de sueños donde Rubens era Dios. Nello, con frío y hambre, con los pies descalzos en zuecos, y los vientos invernales soplando entre sus rizos y levantando sus pobres y delgadas vestiduras, estaba en un éxtasis de meditación, en el que todo lo que veía era el hermoso rostro de María de la Asunción, con las ondas de su cabello dorado echadas sobre sus hombros, y la luz de un sol eterno brillando sobre su frente. Nello, criado en la pobreza, azotado por la fortuna, sin instrucción en letras y desatendido por los hombres, tenía la compensación o la maldición que se llama Genio.
Pero no podía verlos, y Patrasche no podía ayudarle, porque obtener la moneda de plata que la iglesia exige como precio por contemplar las glorias de la Elevación de la Cruz (o El levantamiento de la Cruz) y el Descendimiento de la Cruz estaba tan fuera de su alcance como escalar las alturas de la aguja de la catedral. Nunca tuvieron ni un centavo de sobra: si limpiaban lo suficiente para conseguir un poco de leña para la estufa, un poco de caldo para la olla, era lo máximo a lo que podían aspirar. Y, sin embargo, el corazón del niño se sumió en un anhelo doloroso e infinito al contemplar la grandeza de los dos Rubens velados.
El alma del pequeño ardenés vibraba y se agitaba con una pasión absorbente por el Arte. Recorriendo la ciudad vieja en los primeros días, antes de que saliera el sol o la gente, Nello, que parecía solo un pequeño campesino, con un gran perro que llevaba leche para venderla de puerta en puerta, estaba en un cielo de sueños donde Rubens era Dios. Nello, con frío y hambre, con los pies descalzos en zuecos, y los vientos invernales soplando entre sus rizos y levantando sus pobres y delgadas vestiduras, estaba en un éxtasis de meditación, en el que todo lo que veía era el hermoso rostro de María de la Asunción, con las ondas de su cabello dorado echadas sobre sus hombros, y la luz de un sol eterno brillando sobre su frente. Nello, criado en la pobreza, azotado por la fortuna, sin instrucción en letras y desatendido por los hombres, tenía la compensación o la maldición que se llama Genio.
Nadie lo sabía. Ni él mismo. Solo Patrasche, quien, estando siempre con él, le veía dibujar con tiza sobre las piedras todo lo que crecía o respiraba, le oía murmurar en su camita de heno toda clase de oraciones al espíritu del gran Maestro; vio cómo su mirada se oscurecía y su rostro irradiaba con el resplandor vespertino del atardecer o el rosado amanecer; y sintió muchísimas veces las lágrimas de un extraño e innombrable dolor y alegría, mezcladas, caer ardientemente de sus brillantes ojos jóvenes sobre su frente arrugada y amarillenta.
Me iría a la tumba completamente satisfecho si pensara, Nello, que cuando te hagas hombre podrías ser dueño de esta cabaña y del pequeño terreno, trabajar para ti y que tus vecinos te llamen Baas, dijo el anciano Jehan muchas horas después desde su cama. Porque poseer un pedazo de tierra y ser llamado Baas, maestro de la aldea, es haber alcanzado el ideal más alto de un campesino flamenco; y el viejo soldado, que había vagado por la tierra en su juventud, y no había traído nada de vuelta, consideró en su vejez que vivir y morir en un solo lugar con contenta humildad era el destino más justo que podía desear para su amada. Pero Nello no dijo nada.
La misma levadura trabajaba en él que en otros tiempos engendró a Rubens y Jordans y a los Van Eycks, y a su maravillosa tribu, y en tiempos más recientes engendró en la verde región de las Ardenas, donde el río Mosa baña las antiguas murallas de Dijon, al gran artista del Patroclo -pintor francés, Jacques-Louis David-, cuyo genio está demasiado cerca de nosotros como para que podamos medir correctamente su divinidad.
Capítulo VI
Porque tales sueños no se transforman fácilmente en palabras para despertar las lentas simpatías de oyentes humanos; y solo habrían confundido y perturbado gravemente al pobre anciano postrado en cama en su rincón, quien, por su parte, cada vez que había pisado las calles de Amberes, había pensado que la mancha azul y
roja que llamaban Virgen, en las paredes de la taberna donde bebió cerveza negra hasta saciarse, tan buena como cualquiera de los retablos por los que los forasteros viajaban desde Flandes, procedentes de las tierras donde brillaba el buen sol.
Solo había otra persona además de Patrasche con quien Nello podía hablar de sus atrevidas fantasías. Era la pequeña Alois, que vivía en el viejo molino rojo sobre el montículo cubierto de hierba, y cuyo padre, el molinero, era el agricultor más adinerado del pueblo. Alois era solo un bebé bonito con rasgos suaves, redondos y rosados, embellecidos por esos dulces ojos oscuros que el dominio español ha dejado en tantos rostros flamencos, testimonio del dominio Alvano, como el arte español ha dejado sembrados por todo el país: majestuosos palacios y cortes señoriales, fachadas doradas y dinteles esculpidos, historias en blasonería y poemas en piedra.
Alois solía estar con Nello y Patrasche. Jugaban en los campos, corrían en la nieve, recogían margaritas y arándanos, subían a la vieja iglesia gris y a menudo se sentaban junto al amplio fuego de leña en el molino. Alois era la niña más rica de la aldea. No tenía ni hermano ni hermana; su vestido de sarga azul nunca tuvo un agujero; en la Kermesse tenía tantas nueces doradas y Agni Dei en azúcar como sus manos podían recoger; y cuando hizo la primera comunión, sus rizos rubios estaban cubiertos con un gorro de Maline, el más rico encaje francés, que antes había pertenecido a su madre y a su abuela. Los hombres ya hablaban, aunque solo tenía doce años, de la buena esposa que sería para que sus hijos la cortejaran y conquistaran; pero era una niña alegre y sencilla, en absoluto consciente de su herencia, y no quería a ningún compañero de juegos tanto como al nieto de Jehan Daas y a su perro.
Capítulo VII
El molinero se quedó mirando el retrato con lágrimas en los ojos; era tan extrañamente parecido, y amaba a su única hija con intensidad. Entonces regañó bruscamente a la niña por holgazanear allí mientras su madre la necesitaba dentro y la mandó dentro llorando y asustada. Luego, volviéndose, le arrebató la tabla de las manos a Nello. ¿Haces muchas de esas tonterías?, preguntó, con voz temblorosa.
Nello se sonrojó y bajó la cabeza. Dibujo todo lo que veo, murmuró.
El molinero guardó silencio; después extendió la mano con un franco. Es una locura, como digo, y una pésima pérdida de tiempo; sin embargo, es como Alois y le gustará a la dueña de la casa. Toma esta moneda de plata y déjamelo a mí.
Podría haberlos visto con ese franco, murmuró a Patrasche, pero no podría vender su cuadro, ni siquiera por ellos.
Bass Cogez entró en su molino muy preocupado. Ese muchacho no debe estar tanto con Alois, le dijo a su esposa esa noche. Podría traer problemas más adelante: él tiene quince años y ella doce; y el chico es guapo de rostro y figura.
Sí, no lo niego, dijo el molinero, vaciando su jarra de peltre.
Entonces, si lo que piensas llegara a suceder, dijo la esposa, dubitativa, ¿importaría tanto? Tendrá suficiente para los dos, y uno no puede ser más feliz.
Eres una mujer, y por lo tanto una tonta, dijo el molinero con dureza, golpeando su pipa contra la mesa. El muchacho no es más que un mendigo, y, con estas fantasías de pintor, peor que un mendigo. Ten cuidado de que no estén juntos en el futuro, o enviaré a la niña al cuidado más seguro de las monjas del Sagrado Corazón.
Pero lo dijo con tristeza, y la tierra no parecía tan brillante para él como lo había sido cuando salía al amanecer bajo los álamos por los caminos rectos con Patrasche. El viejo molino rojo había sido un punto de referencia para él, y solía detenerse junto a él, al ir y al volver, para saludar alegremente a su gente cuando su cabecita rubia se alzaba sobre la baja puerta del molino, y sus manitas rosadas ofrecían un hueso o una corteza a Patrasche. Ahora el perro miraba con nostalgia una puerta cerrada, y el niño seguía sin detenerse, con una punzada en el corazón, y la niña estaba sentada dentro con lágrimas que caían lentamente sobre la labor que tejía que había puesto en su pequeño taburete junto a la estufa; y Baas Cogez, trabajando entre sus sacos y su maquinaria del molino, endurecía su voluntad y se decía a sí mismo: es mejor así. El muchacho no es más que un mendigo, y está lleno de tonterías ociosas y soñadoras. ¿Quién sabe qué travesuras podrían surgir de ello en el futuro? Así que era sabio en su generación y no dejaba la puerta sin cerrojo, excepto en raras y formales ocasiones, que parecían no tener ni calidez ni alegría para los dos niños, que habían estado acostumbrados durante tanto tiempo a un intercambio diario alegre, despreocupado y feliz de saludos, palabras y pasatiempos, sin otro observador de sus juegos ni oyente de sus fantasías que Patrasche, agitando sabiamente las campanillas de bronce de su collar y respondiendo con las rápidas simpatías de un perro a cada uno de sus cambios de humor.
Todo esto mientras el pequeño panel de madera de pino permanecía sobre la chimenea en la cocina del molino con el reloj de cuco y el Calvario de cera, y a veces a Nello le parecía un poco duro que mientras su don era aceptado, a él se le negara.
Pero no se quejó. Era su costumbre estar callado. Jehan Daas siempre le había dicho: somos pobres, debemos aceptar lo que sea, sopesar lo malo y lo bueno. Somos pobres: debemos aceptar lo que Dios envía, los malos con los buenos. Los pobres no pueden elegir.
Lo que el niño siempre había escuchado en silencio, siendo su abuelo su referente; sin embargo, una cierta vaga y dulce esperanza, como la que engaña a los niños del genio, había susurrado en su corazón: sin embargo, los pobres a veces eligen, eligen ser grandes, para que los hombres no pueden decirles que no. Y así lo pensó aún en su inocencia; y un día, cuando Alois, encontrándole por casualidad solo entre los campos de maíz junto al canal, corrió hacia él y le abrazó con fuerza, y sollozó lastimosamente porque al día siguiente sería el día de su santo, y por primera vez en su vida sus padres no le habían invitado a la pequeña cena y al juego en los grandes graneros con los que siempre se celebraba su santoral. Nello la besó y le susurró con firme fe: algún día será diferente, Alois. Algún día ese pequeño trozo de madera de pino que tu padre tiene de mí valdrá su peso en plata; de mí valdrá su peso en plata; y entonces no me cerrará la puerta. Solo ámame siempre, querida pequeña Alois, solo ámame siempre, y seré grande.
Lo que el niño siempre había escuchado en silencio, siendo su abuelo su referente; sin embargo, una cierta vaga y dulce esperanza, como la que engaña a los niños del genio, había susurrado en su corazón: sin embargo, los pobres a veces eligen, eligen ser grandes, para que los hombres no pueden decirles que no. Y así lo pensó aún en su inocencia; y un día, cuando Alois, encontrándole por casualidad solo entre los campos de maíz junto al canal, corrió hacia él y le abrazó con fuerza, y sollozó lastimosamente porque al día siguiente sería el día de su santo, y por primera vez en su vida sus padres no le habían invitado a la pequeña cena y al juego en los grandes graneros con los que siempre se celebraba su santoral. Nello la besó y le susurró con firme fe: algún día será diferente, Alois. Algún día ese pequeño trozo de madera de pino que tu padre tiene de mí valdrá su peso en plata; de mí valdrá su peso en plata; y entonces no me cerrará la puerta. Solo ámame siempre, querida pequeña Alois, solo ámame siempre, y seré grande.
¿Y si no te amo?, preguntó la linda niña, haciendo un pucherito entre lágrimas, conmovida por las coqueterías instintivas de su sexo.
Los ojos de Nello se apartaron de su rostro y vagaron hacia la distancia, donde en el rojo y el oro de la noche flamenca se alzaba la aguja de la catedral. Había una sonrisa en su rostro tan dulce y a la vez tan triste que Alois quedó sobrecogida. Seguiré siendo grande, dijo en voz baja: seguiré siendo grande o moriré, Alois.
No me amas, dijo la pequeña niña mimada, apartándole; pero el niño negó con la cabeza y sonrió, y continuó su camino a través del alto maizal amarillento, viendo como en una visión que algún día en un futuro hermoso cuando llegara a esa vieja tierra familiar y preguntara a Alois por su gente, y no sería rechazado ni negado, sino recibido con honores, mientras la gente del pueblo se agolpaba para mirarle y decirse unos a otros al oído: ¿lo ven? Es un rey entre los hombres, porque es un gran artista y el mundo pronuncia su nombre; y sin embargo, no era más que nuestro pobre Nello, que era un mendigo, por así decirlo, y solo conseguía su pan con la ayuda de su perro. Y pensó en cómo envolvería a su abuelo en pieles y púrpuras, y le retrataría como el anciano es retratado en la Familia en la capilla de San Jacques; y de cómo colgaría del cuello de Patrasche un collar de oro y le podría a su derecha y diría al pueblo: este fue una vez mi único amigo; y de cómo se construiría un gran palacio de mármol blanco y se haría exuberantes jardines de placer, en la ladera que miraba hacia fuera, hacia donde se alzaba la aguja de la catedral, y no viviría en él solo él, sino que sería el hogar de todos los hombres jóvenes, pobres y sin amigos, pero con la voluntad de hacer grandes cosas; y de cómo les diría siempre, si buscaban bendecir su nombre: no, no me den las gracias a mí, dénselas a Rubens. Sin él, ¿qué habría sido de mí? Y estos sueños, hermosos, imposibles, inocentes, libres de todo egoísmo, llenos de veneración heroica, estaban tan cerca de él mientras caminaba que era feliz, feliz incluso en este triste aniversario del santo de Alois, cuando él y Patrasche volvieron solos a casa, a la pequeña y oscura cabaña, y a la comida de pan negro, mientras que en el molino todos los niños del pueblo cantaban y reían, y comían los grandes pasteles redondos de Dijon y el pan de jengibre de almendras de Brabante y comió los grandes pasteles redondos de Dijon y el pan de jengibre de almendras de Brabante, y bailaban en el granero a la luz de las estrellas y la música de la flauta y violín.
Creía en el futuro: Patrasche, de más experiencia y de más filosofía, pensaba que la pérdida de la cena del molino en el presente no se compensaba bien con los sueños de leche y miel en un futuro lejano e incierto. Y Patrasche gruñía cada vez que pasaba junto a Baas Cogez.
Capítulo VIII
El muchacho asintió: deseaba que la memoria de su abuelo hubiera fallado un poco, en lugar de llevar una cuenta tan segura.
¿Y por qué no estás allí?, continuó su abuelo. No has faltado ningún año, Nello.
Estás demasiado enfermo para ir, murmuró el muchacho, inclinando su hermosa cabeza sobre la cama.
¡Vaya! ¡Vaya! La madre Nulette habría venido a sentarse conmigo, como lo hace muchísimas veces. ¿Cuál es la causa, Nello? Insistió el anciano. ¿Seguro que no has tenido malas palabras con la pequeña?
No, abuelo, nunca, dijo el niño rápidamente, con el rostro enrojecido. Sencillamente, Baas Cogez no me pidió que fuera este año. Se le ha ocurrido algo contra mí.
¿Pero no has hecho nada malo?
Eso no lo sé. Tomé el retrato de Alois en un trozo de pino: eso es todo.
Acercó con cariño la hermosa cabeza de Nello a su pecho con un gesto tierno. Eres muy pobre, hijo mío, dijo con un temblor aún mayor en su voz anciana y temblorosa, ¡tan pobre! ¡Es muy difícil para ti!
Ahora tenía un secreto que solo Patrasche conocía. Había una pequeña dependencia junto a la cabaña, a la que nadie entraba excepto él; un lugar lúgubre, pero con abundante luz clara del norte. Allí se había fabricado toscamente un caballete con madera, y sobre un gran mar gris de papel estirado, había dado forma a una de las innumerables fantasías que poseían su cerebro. Nadie le había enseñado nada; no tenía medios para comprar colores; había pasado hambre muchas veces para conseguir los pocos y rudimentarios instrumentos que tenía; y solo en blanco y negro podía plasmar las cosas que veía. Esta gran figura que había dibujado con tiza era un anciano sentado en un árbol caído, solo eso. Había visto al viejo Michel, el leñador, sentado así muchas veces al atardecer.
Nunca había tenido a nadie que le hablara de contorno o perspectiva, la anatomía ni la sombra, y sin embargo había dado toda la edad cansada y desgastada, toda la triste y silenciosa paciencia, todo el patetismo tosco y preocupado de su original, y los había dado de tal manera que la vieja figura solitaria era un poema, sentada allí, meditativa y sola, en el árbol muerto, con la oscuridad de la noche descendente a sus espaldas.
Era tosco, por supuesto, en cierto modo, y tenía muchos defectos, sin duda; y sin embargo era real, verdadero en la naturaleza, verdadero en el arte y muy triste, y en cierto modo hermoso.
Patrasche había permanecido en silencio incontables horas observando su gradual creación después de terminar la labor de cada día, y sabía que Nello tenía la esperanza -vana y descabellada quizá, pero muy ferviente-, de enviar este gran dibujo para competir por un premio de doscientos francos al año que, según se anunció en Amberes, estaría abierto a todo joven talentoso, erudito o campesino, menor de dieciocho años, que intentara ganarlo con algún trabajo sin ayuda de lápiz o tiza. Tres de los artistas más importantes de la ciudad de Rubens serían los jueces y elegirían al vencedor según sus méritos.
Durante la primavera, el verano y el otoño, Nello había estado trabajando en este tesoro, que, de triunfar, le daría su primer paso hacia la independencia y los misterios del arte que adoraba ciegamente, ignorantemente y, sin embargo, apasionadamente.
No le dijo nada a nadie: su abuelo no lo habría entendido, y Alois se había perdido para él. Solo a Patrasche se lo contó todo y le susurró: creo que Rubens me lo daría si lo supiera.
No le dijo nada a nadie: su abuelo no lo habría entendido, y Alois se había perdido para él. Solo a Patrasche se lo contó todo y le susurró: creo que Rubens me lo daría si lo supiera.
Patrasche también lo pensaba, pues sabía que Rubens había amado a los perros o nunca les habría pintado con tanta exquisita fidelidad; y los hombres que amaban a los perros eran, como Patrasche sabía, siempre dignos de lástima.
Los dibujos debían presentarse el primer día de diciembre y la decisión se daría el veinticuatro, para que quien ganara pudiera regocijarse con su pueblo en Navidad.
En el crepúsculo de un amargo día de invierno, y con el corazón palpitante, ahora con esperanza, ahora con miedo, Nello colocó el gran cuadro en su carrito y lo llevó, con la ayuda de Patrasche, al pueblo, y allí lo dejó, como se le había ordenado, en las puertas de un edificio público.
Tal vez no valga nada en absoluto. ¿Cómo puedo saberlo?, pensó, con la angustia de una gran timidez. Ahora que lo había dejado allí, le parecía tan arriesgado, tan vanidoso, tan tonto, soñar que él, un muchacho descalzo que apenas conocía las letras, pudiera hacer algo que los grandes pintores, los verdaderos artistas, pudieran dignarse a mirar. Sin embargo, se animó al pasar junto a la catedral: la majestuosa figura de Rubens parecía surgir de la niebla y la oscuridad, y alzarse en su magnificencia ante él, mientras los labios, con su amable sonrisa, le parecían murmurar: ¡no, ten valor! No fue por un corazón débil ni por miedos leves que escribí mi nombre para siempre en Amberes.
Nello corrió a casa a través de la fría noche, reconfortado. Lo había hecho lo mejor que pudo: el resto debía ser como Dios quisiera, pensó, en esa fe inocente e incuestionable que le habían enseñado en la capillita gris entre los sauces y álamos.
El invierno ya era muy crudo. Esa noche, después de llegar a la cabaña, nevó; y nevó durante muchos días, de modo que los caminos y las divisiones de los campos quedaron borrados, los arroyos pequeños se congelaron y el frío era intenso en las llanuras. Entonces se convirtió en un trabajo duro ir por ahí a buscar leche mientras el mundo estaba oscuro y llevarla a través de la oscuridad hasta el pueblo silencioso. Un trabajo duro, especialmente para Patrasche, por el paso de los años, que solo le traían a Nello una juventud más fuerte, le traían vejez, y sus articulaciones estaban rígidas y sus huesos le dolían a menudo. Pero nunca renunciaría a su parte del trabajo. Nello habría preferido ahorrarle el favor y tirar del carro él mismo, pero Patrasche no lo permitiría. Todo lo que permitiría o aceptaría sería la ayuda de un empujón desde atrás del carro mientras avanzaba pesadamente por los surcos de hielo. Patrasche había vivido atado y estaba orgulloso de ello. A veces sufría mucho por el frío, los caminos terribles y los dolores reumáticos de sus extremidades, pero solo respiraba hondo, doblaba su robusto cuello y seguía adelante con firme paciencia.
Descansa en casa, Patrasche, ya es hora de que descanses, yo puedo empujar el carro perfectamente, le insistía Nello muchas mañanas; pero Patrasche, que le entendía bien, no habría consentido quedarse en casa más de lo que un soldado veterano habría consentido en eludir la tarea cuando sonaba la orden de ataque; y cada día se levantaba y se colocaba en sus varas, y caminaba penosamente sobre la nieve a través de los campos en los que sus cuatro patas redondas habían dejado su huella durante años.
Uno nunca debe descansar hasta que muera, pensó Patrasche; y a veces le parecía que ese momento de descanso para él no estaba muy lejos. Su vista era menos clara que antes, y le dolía levantarse después de dormir toda la noche, aunque nunca se quedaba un momento en su paja cuando la campana de la capilla, al sonar las cinco, le hacía saber que había comenzado el amanecer del trabajo.
Mi pobre Patrasche, pronto descansaremos juntos, tú y yo, dijo Jehan Daas, extendiendo la mano para acariciar la cabeza de Patrasche con la vieja mano marchita que siempre había compartido con él su única y pobre corteza de pan; y los corazones del anciano y del perro se oprimieron en un solo pensamiento: cuando ellos ya no estuvieran, ¿quién cuidaría de su querido?
Capítulo IX
Era de noche cuando pasó por la casa del molino: conocía la ventanita de su habitación. No podía haber ningún problema, pensó, si le daba su pequeño tesoro, pues habían sido compañeros de juegos mucho tiempo. Había un cobertizo con un techo inclinado bajo su ventana: lo escaló y golpeó suavemente la celosía: dentro había un poco de luz. La niña la abrió y miró hacia fuera medio asustada.
Se deslizó desde el techo del cobertizo antes de que ella tuviera tiempo de darle las gracias y salió corriendo en la oscuridad.
Esa noche hubo un incendio en el molino. Los edificios anexos y gran parte del grano quedaron destruidos, aunque el molino y la casa resultaron ilesos. El pueblo salió aterrorizado y las máquinas llegaron a gran velocidad a través de la nieve desde Amberes. El molinero estaba asegurado y no perdería nada; sin embargo, furioso, declaró en voz alta que el incendio no se debía a un accidente, sino a alguna mala intención.
Nello, despertado de su sueño, corrió a ayudar con el resto: Baas Cogez le apartó airadamente. Estabas merodeando aquí tras el anochecer, dijo bruscamente. Creo, por mi alma, que sabes más del incendio que nadie.
Nello le oyó en silencio, estupefacto, sin suponer que alguien pudiera decir tal cosa excepto en broma, y sin comprender cómo alguien podía hacer una broma en un momento así.
Sin embargo, al día siguiente el molinero dijo aquella brutalidad de forma abierta a muchos de sus vecinos; y aunque no se presentó ninguna acusación grave contra el muchacho, corrió el rumor de que Nello había sido visto en el patio del molino tras el anochecer en algún encargo no declarado, y que le guardaba rencor a Baas Cogez por prohibirle tener relaciones con Alois; y así la aldea, que seguía servilmente los dichos de su terrateniente más rico, y cuyas familias esperaban asegurar las riquezas de Alois en algún futuro para sus hijos, captó la indirecta y dirigió miradas serias y palabras frías al nieto de Jehan Daas. Nadie le dijo nada abiertamente, pero todo el pueblo acordó complacer el prejuicio del molinero, y en las cabañas y granjas donde Nello y Patrasche iban cada mañana a recoger la leche para Amberes, las miradas bajas y las frases breves reemplazaron las amplias sonrisas y los saludos alegres a los que siempre habían estado acostumbrados. Nadie realmente creyó en la absurda sospecha del molinero, ni en las escandalosas acusaciones que de ella se derivaban, pero la gente era muy pobre y muy ignorante, y el único hombre rico del lugar se había pronunciado en su contra. Nello, en su inocencia y amabilidad, no tuvo fuerzas para detener la marea popular.
Pero Baas Cogez, siendo un hombre obstinado, una vez que había dicho algo, se aferraba a ello con tenacidad, aunque en lo más profundo de su alma sabía bien la injusticia que cometía.
Mientras tanto, Nello soportó la herida que le habían infligido con una orgullosa paciencia que desdeñaba quejarse: solo cedió un poco cuando se encontró a solas con el viejo Patrasche. Además, pensó, ¡si gana! Entonces, quizá se arrepentirán.
El perro se detenía, como de costumbre, en las puertas familiares que ahora estaban cerradas para él, y las miraba con una súplica nostálgica y muda; y a los vecinos les costaba un dolor cerrar sus puertas y sus corazones, y dejar que Patrasche tirara de nuevo de su carro, vacío. Sin embargo, lo hicieron, pues deseaban complacer a Baas Cogez.
Capítulo X
La Navidad estaba cerca.
El tiempo era muy salvaje y frío. La nieve tenía seis pies de profundidad, y el hielo era lo suficientemente firme como para soportar bueyes y hombres en todas partes. En esta época del año, el pueblecito siempre estaba alegre y animado. En la vivienda más pobre había posesiones y pasteles, bromas y bailes, santos azucarados y Jesús dorados. Las alegres campanas flamencas tintineaban en todas partes: en los caballos, dentro de las casas, alguna olla de sopa bien llena cantaba y humeaba sobre la estufa; y sobre la nieve, sin risas, doncellas revoloteaban con pañuelos brillantes y túnicas robustas, yendo y viniendo de la misa. Solo en la cabañita estaba muy oscuro y hacía mucho frío.
Nello y Patrasche se quedaron completamente solos, pues una noche de la semana anterior al día de Navidad, la Muerte entró y se llevó para siempre de la vida a Jehan Daas, que no había conocido nada de la vida salvo su pobreza y sus dolores. Hacía tiempo que estaba medio muerto, incapaz de moverse excepto un débil gesto, e impotente para cualquier cosa más allá de una palabra amable; y, sin embargo, su pérdida les cayó con un gran horror: le lloraron apasionadamente. Había fallecido mientras dormía, y cuando en el amanecer gris se enteraron de su pérdida, una soledad y desolación inefables parecieron envolverles. Hacía tiempo que solo era un anciano pobre, débil y paralizado, que no podía levantar una mano para defenderles, pero les había amado: su sonrisa siempre les había dado la bienvenida a su regreso. Le lloraron sin cesar, negándose a ser consolados, mientras en el blanco día de invierno seguían el cuerpo inerte hasta la tumba sin nombre junto a la pequeña iglesia gris. Eran sus únicos dolientes, estos dos a quienes había dejado sin amigos en la tierra: el niño y el viejo perro.
¿Cederá ahora y dejará que el pobre muchacho venga aquí?, pensó la esposa del molinero, mirando a su marido que fumaba junto al hogar.
¿Cederá ahora y dejará que el pobre muchacho venga aquí?, pensó la esposa del molinero, mirando a su marido que fumaba junto al hogar.
Baas Cogez conocía su pensamiento, pero endureció su corazón y no abrió la puerta mientras pasaba el pequeño y humilde funeral. El niño es un mendigo, se dijo a sí mismo: no estará cerca de Alois.
La mujer no se atrevió a decir nada en voz alta, pero cuando la tumba se cerró y los dolientes se fueron, puso una corona.
Nello y Patrasche volvieron a casa con el corazón roto. Pero incluso de ese pobre, melancólico y sombrío hogar se les negó el consuelo. Había un mes de alquiler atrasado por su cabañita, y cuando Nello hubo pagado el último y triste servicio a los muertos no le quedaba ni una moneda. Fue a rogarle clemencia al dueño de la cabaña, un zapatero que iba los domingos por la noche a beber su pinta de vino y fumar con Baas Cogez. El zapatero no tuvo piedad. Era un hombre duro y avaro, y amaba el dinero. Reclamó, por falta de alquiler, cada palo y piedra, cada olla y sartén de la cabaña, y les ordenó a Nello y Patrasche que se fueran al día siguiente.
La cabaña era bastante humilde, y en cierto sentido bastante miserable, y sin embargo sus corazones se aferraban a ella con gran afecto. Habían sido tan felices allí, y en verano, con su enredadera trepadora y sus habas en flor, ¡era tan bonita y brillante en medio de los campos iluminados por el sol! Su vida en ella había estado llena de trabajo y privaciones, y sin embargo habían estado tan contentos, tan alegres de corazón, corriendo para recibir la sonrisa de bienvenida infalible del anciano.
Toda la noche el niño y el perro se sentaron junto al hogar sin fuego en la oscuridad, abrazados en busca de calor y tristeza. Sus cuerpos eran insensibles al frío, pero sus corazones parecían congelados.
Cuando amaneció sobre la tierra blanca y fría, era la mañana de Nochebuena. Con un escalofrío, Nello abrazó con fuerza a su único amigo, mientras sus lágrimas caían calientes y rápidas sobre la frente franca del perro. Vámonos, Patrasche, querido, querido Patrasche, murmuró. No esperaremos a que nos echen: vámonos.
Patrasche no tenía más voluntad que la suya, y salieron tristemente, uno al lado del otro, del pequeño lugar que tanto querían, y en el que cada cosa humilde y sencilla era preciosa y amada para ellos. Patrasche bajó la cabeza con cansancio al pasar junto a su propio carro verde: ya no era suyo, tenía que irse con el resto para pagar el alquiler, y su arnés de latón yacía inactivo y brillante sobre la nieve. El perro podría haberse tumbado a su lado y haber muerto de pena al pasar, pero mientras el muchacho viviera y lo necesitara, no cedería.
Tomaron el viejo camino habitual hacia Amberes. El día apenas había amanecido, la mayoría de las persianas aún estaban cerradas, pero algunos aldeanos andaban por allí. No les prestaron atención mientras el perro y el muchacho pasaban junto a ellos. En una puerta, Nello se detuvo y miró con nostalgia hacia dentro: su abuelo había hecho muchas buenas obras al servicio de los vecinos que vivían allí.
Tomaron el viejo camino habitual hacia Amberes. El día apenas había amanecido, la mayoría de las persianas aún estaban cerradas, pero algunos aldeanos andaban por allí. No les prestaron atención mientras el perro y el muchacho pasaban junto a ellos. En una puerta, Nello se detuvo y miró con nostalgia hacia dentro: su abuelo había hecho muchas buenas obras al servicio de los vecinos que vivían allí.
¿Le darías una corteza a Patrasche? dijo tímidamente. Es viejo y no ha comido nada desde la mañana pasada.
La mujer cerró la puerta apresuradamente, murmurando algo vago sobre que el trigo y el centeno estaban muy caros en esa época del año. El niño y el perro siguieron adelante cansados: no pidieron más.
Por caminos lentos y dolorosos llegaron a Amberes cuando las campanas dieron las diez.
¡Si tuviera algo que pudiera vender para conseguirle pan!, pensó Nello, pero no tenía nada excepto el trozo de lino y sarga que le cubría y sus zuecos.
Patrasche le entendió y acurrucó su nariz en la mano del muchacho, como si le rogara que no se preocupara por ninguna pena o necesidad suya.
El ganador del premio del dibujo iba a ser proclamado al mediodía, y Nello se dirigió al edificio público donde había dejado su tesoro. En las escaleras y en el vestíbulo había una multitud de jóvenes, algunos de su edad, otros mayores, todos con padres, parientes o amigos. Su corazón se encogió de miedo mientras caminaba entre ellos, sosteniendo a Patrasche cerca de sí. Las grandes campanas de la ciudad repicaron al mediodía con un estruendo descarado. Las puertas del salón interior se abrieron; la multitud ansiosa y jadeante entró corriendo: se sabía que el cuadro seleccionado sería elevado sobre el resto en un estrado de madera.
Una niebla nubló la vista de Nello, le daba vueltas la cabeza, casi le fallaban las extremidades. Cuando recuperó la visión, vio el dibujo en alto: ¡no era suyo! Una voz lenta y sonora proclamaba en voz alta que la victoria había sido otorgada a Stephan Kiesslinger, nacido en el burgo de Amberes, hijo de un estibador de esa ciudad.
Cuando Nello recuperó la consciencia, yacía fuera, sobre las piedras, y Patrasche intentaba con todas las artes que conocía reanimarle. A lo lejos, una multitud de jóvenes de Amberes gritaba alrededor de su victorioso compañero y le escoltaba entre aclamaciones hasta su casa en el muelle.
El muchacho se puso de pie tambaleándose y abrazó al perro. Todo ha terminado, querido Patrasche, murmuró, ¡todo ha terminado!
Se recompuso lo mejor que pudo, pues estaba débil por el ayuno, y desanduvo sus pasos hasta el pueblo. Patrasche caminaba a su lado con la cabeza gacha y sus viejas extremidades débiles por el hambre y la tristeza.
La nieve caía rápidamente: un fuerte huracán soplaba del norte; era gélido como la muerte en las llanuras. Tardaron mucho en recorrer el camino conocido, y las campanas sonaban a las cuatro en punto cuando se acercaban a la aldea. De repente, Patrasche se detuvo, cautivado por un olor en la nieve, rascó, gimió y sacó con los dientes un pequeño estuche de cuero marrón. Se lo mostró a Nello en la oscuridad. Donde estaban, se alzaba un pequeño Calvario, y una lámpara ardía tenuemente bajo la cruz: el muchacho giró mecánicamente el estuche hacia la luz: en él estaba el nombre de Baas Cogez y dentro había billetes por dos mil francos.
Nello se dirigió directamente al molino, fue a la puerta de la casa y golpeó sus paneles. La esposa del molinero la abrió llorando, con Alois aferrada a sus faldas. ¿Eres tú, pobre muchacho?, dijo amablemente entre lágrimas. Vete antes de que Baas te vea. Estamos en serios problemas esta noche. Está buscando un fajo de billetes que dejó caer cabalgando de regreso a casa, y con esta nieve no lo encontrará; y Dios sabe que casi nos arruina. Es el propio juicio del Cielo por lo que te hemos hecho.
Antes de que la mujer o el perro supieran lo que quería decir, se inclinó y besó a Patrasche; después cerró la puerta apresuradamente y desapareció en la penumbra de la noche que caía rápidamente.
La mujer y la niña se quedaron mudas de alegría y miedo; Patrasche descargó en vano la furia de su angustia contra el roble reforzado con hierro de la puerta cerrada de la casa. No se atrevieron a abrir la puerta y dejarlo salir; intentaron todo lo posible por consolarlo. Le trajeron pasteles dulces y carnes jugosas; lo tentaron con lo mejor que tenían; intentaron atraerlo para que se quedara junto al calor del hogar; pero fue en vano. Patrasche se negó a ser consolado o a moverse del portal cerrado.
Su esposa puso el dinero en su mano y le contó cómo lo había conseguido. El hombre corpulento se dejó caer temblando en un asiento y se cubrió la cara, avergonzado y casi asustado. He sido cruel con el muchacho, murmuró al fin: no merecía que me tratara bien.
Alois, armándose de valor, se acercó a su padre y acurrucó contra él su hermosa cabeza rizada. ¿Nello puede volver, padre?, susurró. ¿Puede venir mañana como solía hacerlo?
El molinero la estrechó entre sus brazos; su rostro duro y quemado por el sol estaba muy pálido y le temblaba la boca. Claro, claro, respondió a su hija. Se quedará aquí el día de Navidad y cualquier otro día. Si Dios me ayuda, compensaré al niño, lo haré.
Alois le besó con gratitud y alegría, después se deslizó de rodillas y corrió hacia donde el perro vigilaba la puerta. ¿Y esta noche puedo darme un festín, Patrasche?, gritó con la alegría despreocupada de una niña.
Su padre inclinó la cabeza con gravedad: sí, sí; que el perro tenga lo mejor; pues el severo anciano estaba conmovido y estremecido hasta lo más profundo de su corazón.
Capítulo XII
Era Nochebuena, y la casa del molino estaba llena de troncos de roble y cuadrados de turba, con crema y miel, con carne y pan, y las vigas estaban adornadas con guirnaldas de hoja perenne, y el Calvario y el reloj de cuco miraban desde una masa de acebo. También había linternitas de papel para Alois, y juguetes de varios estilos y dulces en papeles con dibujos brillantes. Había luz, calor y abundancia por todas partes, y la niña hubiera querido hacer del perro un invitado honrado y agasajado. Pero Pastrache no se tumbaría en el calor ni participaría de la alegría. Estaba hambriento y tenía mucho frío, pero sin Nello no participaría ni del consuelo ni de la comida. Contra toda tentación era inmune, y siempre se apoyaba contra la puerta, buscando el modo de escapar. Quiere al muchacho, dijo Baas Cogez.
La cocina del molino estaba muy cálida; grandes troncos crepitaban y ardían en el hogar; los vecinos entraban a tomar una copa de vino y una rebanada del gordo ganso que se horneaba para la cena.
Alois, alegre y segura de que su compañero favorito de juegos volvería al día siguiente, saltaba, cantaba y echaba hacia atrás su cabello rubio. Baas Cogez, con el corazón lleno de alegría, le sonrió con los ojos humedecidos y habló de cómo se haría amigo de Nello; la ama de casa se sentaba con rostro tranquilo y satisfecho junto a la rueca; el cuco del reloj cantaba alegres horas. En medio de todo esto, Patrasche fue invitado con mil palabras de bienvenida a quedarse como un huésped querido. Pero ni la paz ni la abundancia podían atraerlo donde Nello no estaba.
Cuando la cena humeaba en la mesa, y las voces eran más fuertes y alegres, y el Niño Jesús trajo los mejores regalos a Alois, Patrasche, siempre atento a la ocasión, se deslizó hacia fuera cuando un recién llegado descuidado abrió la puerta, y tan rápido como sus débiles y cansadas extremidades se lo permitieron, corrió sobre la nieve en la amarga y oscura noche. Solo tenía un pensamiento: seguir a Nello. Un amigo humano podría haberse detenido para disfrutar de la agradable comida, el cálido y reconfortante descanso; pero esa no era la amistad de Patrasche. Recordaba un tiempo pasado, cuando un anciano y un niño pequeño le habían encontrado moribundo en la cuneta del camino.
Había nevado durante la tarde; eran casi las diez; el rastro de los pasos del niño estaba casi borrado. A Patrasche le costó mucho descubrir algún olor. Cuando por fin lo encontró, se perdió rápidamente de nuevo, y se perdió y se recuperó, y otra vez se perdió y se recuperó, cien veces o más.
La noche era muy salvaje. Las lámparas bajo las cruces del camino se habían apagado; los caminos eran láminas de hielo; la oscuridad impenetrable ocultaba todo rastro de casas; no había ningún ser vivo en el exterior. El ganado estaba resguardado, y en las cabañas y granjas los hombres y las mujeres se regocijaban y festejaban. Fuera solo estaba Patrasche, en el cruel frío; viejo, hambriento y lleno de dolor, pero con la fuerza y la paciencia de un gran amor que le sostenía en su búsqueda.
El rastro de los pasos de Nello, tenue y oscuro bajo la nieve recién caída, seguía directamente por los caminos habituales hacia Amberes.
Era pasada la medianoche cuando Patrasche lo siguió a través de los límites de la ciudad y se adentró en las calles estrechas, tortuosas y sombrías. Todo estaba completamente oscuro en la ciudad, salvo donde alguna luz brillaba rojiza a través de las grietas de las contraventanas de las casas o algún grupo regresaba a casa con faroles cantando canciones de borrachos. Las calles estaban blancas de hielo; los altos muros y tejados se alzaban negros contra ellas. Apenas se oía un sonido, salvo el alboroto del viento por los pasillos mientras sacudía los crujidos de los letreros y hacía vibrar los altos candelabros.
Tantos transeúntes habían pisado la nieve una y otra vez, tantos caminos se habían cruzado y vuelto a cruzar, que al perro le costaba mantener el rumbo. Pero siguió adelante a pesar del frío que lo calaba hasta los huesos, del hielo afilado que le cortaba las patas y del hambre que le mordía el cuerpo como los dientes de una rata. Siguió adelante, una pobre criatura flaca y temblorosa, y con mucha paciencia recorrió los pasos que amaba hasta el corazón del pueblo y subió hasta las escaleras de la gran catedral.
Se ha ido a las cosas que amaba, pensó Patrasche: no podía comprenderlo, pero estaba lleno de tristeza y compasión por la pasión artística que para él era tan incomprensible y, sin embargo, tan sagrada.
Capítulo XIII
El muchacho se incorporó con un grito bajo y lo abrazó con fuerza. Acostémonos y muramos juntos, murmuró. Los hombres no nos necesitan, y estamos solos.
Yacían juntos en el frío penetrante. Las ráfagas que soplaban sobre los diques flamencos desde los mares del norte eran como olas de hielo que congelaban todo ser vivo que tocaban. El interior de la inmensa bóveda de piedra en la que se encontraban era aún más gélido que las llanuras nevadas del exterior.
Entonces un murciélago se movió entre las sombras; de vez en cuando, un destello de luz iluminaba las filas de figuras talladas. Bajo el Rubens yacían juntos, completamente inmóviles, arrullados casi hasta caer en un sueño profundo por el adormecedor narcótico del frío. Soñaban con los viejos y felices días en que se perseguían entre las hierbas floridas de los prados de verano, o se sentaban escondidos entre los altos juncos junto al agua, observando como los barcos iban hacia el mar bajo el sol.
Entonces un murciélago se movió entre las sombras; de vez en cuando, un destello de luz iluminaba las filas de figuras talladas. Bajo el Rubens yacían juntos, completamente inmóviles, arrullados casi hasta caer en un sueño profundo por el adormecedor narcótico del frío. Soñaban con los viejos y felices días en que se perseguían entre las hierbas floridas de los prados de verano, o se sentaban escondidos entre los altos juncos junto al agua, observando como los barcos iban hacia el mar bajo el sol.
De repente, a través de la oscuridad, un gran resplandor blanco fluyó a través de la inmensidad de las naves; la luna, que estaba en su punto más alto, había atravesado las nubes, el sol había dejado de ponerse, la luz reflejada por la nieve exterior era clara como la luz del amanecer. Cayó de lleno a través de los arcos sobre los dos cuadros de arriba, de los cuales el niño, al entrar, había descorrido el velo: La Elevación de la Cruz y el Descendimiento de la Cruz -las pinturas barrocas más famosas del mundo, del pintor flamenco Peter Paul Rubens-, fueron visibles por un instante.
Nello se puso de pie y extendió los brazos hacia ellos; las lágrimas de un éxtasis apasionado brillaban en la palidez de su rostro. ¡Por fin los he visto!, gritó.
¡Oh, Dios, es suficiente!
Sus miembros flaquearon y se desplomó de rodillas, aún mirando hacia arriba a la majestad que adoraba. Por unos breves instantes la luz iluminó las visiones divinas que le habían sido negadas durante tanto tiempo: una luz clara, dulce y fuerte como si fluyera del trono del Cielo. De repente, se desvaneció: una vez más, una gran oscuridad cubrió el rostro de Cristo.
Los brazos del niño volvieron a rodear el cuerpo del perro. Veremos su rostro allí, murmuró; y creo que no nos separará.
Al día siguiente, junto al presbiterio de la catedral, la gente de Amberes les encontró. Ambos estaban muertos: el frío de la noche había congelado en quietud tanto la vida joven como la anciana. Cuando amaneció Navidad y los sacerdotes llegaron al templo, les vieron tendidos sobre las piedras. Arriba, los velos se habían retirado de las grandes visiones de Rubens, y los frescos rayos del amanecer tocaron la cabeza coronada de espinas de Cristo.
A medida que avanzaba el día, llegó un anciano de rasgos duros que lloraba como lloran las mujeres. Fui cruel con el muchacho, murmuró, y ahora lo habría enmendado, sí, con la mitad de mi fortuna, y él habría sido para mí como un hijo.
Y una niña con cabello rubio rizado, sollozando amargamente mientras se aferraba al brazo de su padre, gritó: ¡oh, Nello, ven! Lo tenemos todo preparado para ti. Las manos del Niño Jesús están llenas de regalos, y el viejo flautista tocará para nosotros; y la madre dice que te quedarás junto al hogar y quemarás nueces con nosotros durante toda la semana de Navidad, ¡sí, incluso hasta la Fiesta de los Reyes Magos!
¡Y Patrasche estará tan feliz! ¡Oh, Nello, despierta y ven!
Pero el joven rostro pálido, vuelto hacia la luz del gran Rubens con una sonrisa en los labios, les respondió a todos: es demasiado tarde.
Porque las dulces y sonoras campanas sonaban a través de la escarcha, y la luz del sol brillaba sobre las llanuras nevadas, y la población desfilaba alegre y contenta por las calles, pero Nello y Patrasche ya no pedían caridad de sus manos. Todo lo que necesitaban ahora, Amberes se lo daba sin que se lo pidieran.
La muerte había sido más compasiva con ellos que lo que habría sido una vida más larga. A uno le había llevado por la lealtad del amor y al otro por la inocencia de la fe de un mundo que para el amor no tiene recompensa y para la fe ninguna plenitud.
Toda su vida habían estado juntos, y en su muerte no se separaron: cuando les encontraron, los brazos del niño estaban tan fuertemente entrelazados alrededor del perro que no se podían separar sin violencia, y la gente de su pequeño pueblo, contrita y avergonzada, imploró una gracia especial para ellos, y, haciéndoles una sola tumba, les colocaron allí uno al lado del otro, ¡para siempre!
Nello & Patrasche
Junto a la escultura Nello & Patrasche hay dos placas.
En una se puede leer (en neerlandés y francés) lo siguiente:
Una historia de amistad
El pobre huérfano y su perro de tiro Patrasche son los protagonistas de la novela inglesa de 1872 “Nello y el perro el Flandes”. Los dos compañeros van a la ciudad todos los días. Suelen visitar la catedral, donde Nello admira las pinturas de Rubens. Tras una serie de infortunios, el niño y el perro mueren juntos de hambre en la catedral. Este conmovedor e inusual relato transmite un mensaje de dignidad y amistad incondicional.
En la otra placa de lee (en inglés) lo siguiente:
Con el apoyo del pueblo chino CHOW TAISENG.
El pueblo de China y Chow Tai Seng valoran la gran contribuición de la industria diamantífera de Amberes a China.
Se sienten honrados de apoyar la historia de amistad de Nello & Patrasche.
Philippe Blondé Tanguy Ottomer
Ciudad de Amberes
Serie de dibujos animados El perro de Flandes y un final alternativo FELIZ
En 1975 se estrenó la serie de anime japonesa フランダースの犬 Flandes no inu, como parte del contenedor infantil World Masterpiece Theater o Meisaku de Nippon Animation, responsable de otros éxitos como Heidy y Marco.
La serie de dibujos animados El perro de Flandes se estrenó en España el 16 de octubre de 1977 en el programa de televisión infantil y juvenil Un globo, dos globos, tres globos (TVE).
La serie consta de 52 capítulos.
Narra la historia de Nicolás (Nello) un niño huérfano y humilde, que vive con su abuelo y su perro y fiel amigo, Patrash, en las afueras de Amberes.
Nello tiene un deseo en la vida: ver las pinturas de Rubens que están dentro de la catedral de Amberes. Y sueña con convertirse en pintor.
Debido al trágico y triste final, la escena de dibujos animados (en nuestro país) no se emitió.
En la década de los años 90, la escena final -donde los dos protagonistas mueren de hambre y frío-, se alteró para suavizarla (la original podría traumatizar al público infantil).
En ella, mientras Nello y Patrash "duermen", unos angelitos, idénticos a los pequeños niños rubios de Rubens, le despiertan de su “sueño”. ![]() |
| Fotograma de la serie de dibujos animados El perro de Flandes (capítulo 52, final alternativo FELIZ). |
Y saliendo de la catedral y sobrevolándola -Nello montado en su carro verde y el perro de Flandes tirando de él-, son llevados por los angelitos al Cielo... Mientras se escucha de fondo la voz femenina que narra la historia diciendo:
“Y aquí termina la historia de Nicolás y Patrash. Y es un final feliz.
Porque mientras sigue soñando con los pequeños ángeles que acaba de ver en el maravilloso cuadro de Rubens, sus amigos, Marta (Alois), la tía Marina, el tío Miguel, y Jorge y Pablo, continuan su búsqueda. Y le encontrarán.
Y muy pronto volverá a jugar con sus amiguitos.
Y en el futuro, él y Patrash vivirán en casa del tío Miguel. Y el padre de Marta se encargará de que vaya al colegio y continue sus estudios de pintura.
Y lo más importante:
algún día Nicolás llegará a ser un pintor famoso”.
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| Fotograma de la serie de dibujos animados El perro de Flandes (capítulo 52, final alternativo FELIZ). |
Los cuatro cuadros de Rubens dentro de la catedral de Nuetra Señora de Amberes
1. La Elevación de la Cruz
2. El Descendimiento de la Cruz
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| El Descendimiento de la Cruz de Peter Paul Rubens (Catedral de Nuestra Señora de Amberes en Bélgica). |
3. La Asunción de la Virgen
4. La Resurrección de Cristo
La catedral de Amberes (Catedral de Nuestra Señora) está dedicada a la Virgen María. La catedral es la más grande del Bélgica y una de las iglesias de estilo gótico más importantes de Europa.
Precio de la entrada: 12 euros, por persona (mayo de 2026).
Nosotros no entramos a la catedral.
Pero me llevé el recuerdo más bonito de Amberes: un imán de Nello & Patrasche.


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